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viernes, 17 de octubre de 2025
domingo, 4 de febrero de 2018
El aquelarre
Antes de seguir adelante, y con objeto de comprender lo que podría llamarse la filosofía de la brujería, hay que referirse a los aquelarres, así como a los filtros y a los hechizos.
Indudablemente, el aquelarre o sabbat se remonta a épocas muy antiguas. Hasta el años 1000, en que el pueblo bajo era capaz de crear sus santos y leyendas, la vida diurna tenía cierto interés para el siervo. Los sábados nocturnos eran tan sólo como una reliquia del paganismo. El hombre del pueblo bajo temía a la Luna que influía sobre las cosas de la Tierra.
Las ancianas adoraban a la Luna y le encendían cirios. Pero hacia el años 1000, la iglesia quedó casi clausurada para los siervos, y en 1100 los oficios se tornaron ininteligibles. De cuanto se representaba en los atrios de los templos, lo que mejor recordaba el siervo eran las partes cómicas, como el buey y el burro...
Pasaron los años. Los reyes, incluso el poder eclesiástico, se hizo sentir cada vez con mayor peso sobre los siervos, sobre el hombre de la calle, como diríamos hoy en día. ¿Cómo podía liberarse el siervo de esta carga tan ominosa? No podía rebelarse contra el señor feudal, menos aún contra el rey... ¡Imposible pecar mortalmente atacando a la Iglesia! Entonces... sólo quedaba un recurso: atacar a Dios, a ese Dios que le abandonaba, que le entregaba atado de pies y manos al señor feudal, al rey, a la Iglesia...
¿Y cómo atacar a Dios? Sencillamente, adorando a su enemigo mortal, al diablo. Volviendo la mirada hacia Lucifer, hacia el mal representado por éste, es decir, la brujería, a la hechicería...
En 1793 el pueblo de Francia hizo la Revolución Francesa. En 1300 esto era impensable. Pero era preciso efectuar una revolución, algo que liberara al siervo de sus pesares, de todas sus angustias, algo que le hiciera sentirse vengado de los que le oprimían, de aquellos que violaban a las hijas de los pobres campesinos, que robaban sus míseras cosechas, que les negaban todo derecho de una vida mejor.
¡Y el diablo estaba al acecho! ¡El diablo daba libertad, daba honores, riquezas... o al menos las prometía, a cambio del alma! El alma, algo que los siervos apenas comprendían qué podía ser.
Y así nació, o mejor dicho renació, la brujería, así nacieron los aquelarres, remedo de las saturnales romanas, de las fiestas dedicadas a la diosa de la Fecundidad, Astarté, y de las fiestas dionisíacas.
Indudablemente, el aquelarre o sabbat se remonta a épocas muy antiguas. Hasta el años 1000, en que el pueblo bajo era capaz de crear sus santos y leyendas, la vida diurna tenía cierto interés para el siervo. Los sábados nocturnos eran tan sólo como una reliquia del paganismo. El hombre del pueblo bajo temía a la Luna que influía sobre las cosas de la Tierra.
Las ancianas adoraban a la Luna y le encendían cirios. Pero hacia el años 1000, la iglesia quedó casi clausurada para los siervos, y en 1100 los oficios se tornaron ininteligibles. De cuanto se representaba en los atrios de los templos, lo que mejor recordaba el siervo eran las partes cómicas, como el buey y el burro...
Pasaron los años. Los reyes, incluso el poder eclesiástico, se hizo sentir cada vez con mayor peso sobre los siervos, sobre el hombre de la calle, como diríamos hoy en día. ¿Cómo podía liberarse el siervo de esta carga tan ominosa? No podía rebelarse contra el señor feudal, menos aún contra el rey... ¡Imposible pecar mortalmente atacando a la Iglesia! Entonces... sólo quedaba un recurso: atacar a Dios, a ese Dios que le abandonaba, que le entregaba atado de pies y manos al señor feudal, al rey, a la Iglesia...
¿Y cómo atacar a Dios? Sencillamente, adorando a su enemigo mortal, al diablo. Volviendo la mirada hacia Lucifer, hacia el mal representado por éste, es decir, la brujería, a la hechicería...
En 1793 el pueblo de Francia hizo la Revolución Francesa. En 1300 esto era impensable. Pero era preciso efectuar una revolución, algo que liberara al siervo de sus pesares, de todas sus angustias, algo que le hiciera sentirse vengado de los que le oprimían, de aquellos que violaban a las hijas de los pobres campesinos, que robaban sus míseras cosechas, que les negaban todo derecho de una vida mejor.
¡Y el diablo estaba al acecho! ¡El diablo daba libertad, daba honores, riquezas... o al menos las prometía, a cambio del alma! El alma, algo que los siervos apenas comprendían qué podía ser.
Y así nació, o mejor dicho renació, la brujería, así nacieron los aquelarres, remedo de las saturnales romanas, de las fiestas dedicadas a la diosa de la Fecundidad, Astarté, y de las fiestas dionisíacas.
martes, 9 de enero de 2018
La Brujería
Fue el 5 de diciembre de 1484 cuando el papa Inocencia VIII publicó la bula «Summis desiderantes effectibus», en la que la Iglesia católica reconocía oficialmente la existencia de la brujería.
Naturalmente, hay que aclarar que en aquella fecha todavía se creía que la Tierra no era redonda, y que más allá del mar ignoto vivían sátiros y arimaspos.
De acuerdo con esta bula la brujería era una realidad y se basaba en un pacto con el demonio.
Y ese pacto significaba la negación de la fe cristiana.
No era nada nuevo. La gente llevaba siglos, tal vez milenios, creyendo en la existencia de unos poderes maléficos y satánicos. El cristianismo había convertido, además, en demonios a los dioses paganos, desterrándolos al Infierno, pero la superstición continuó arraigada en el corazón de la gente humilde y simplona.
A partir del siglo XIII, el panorama es más siniestro. El fracaso de las Cruzadas decepcionó de tal modo a los cristianos, que muchos empezaron a dudar de la fortaleza de Dios. De lo contrario, ¿por qué los infilees habían vencido a los que adoraban al Dios verdadero? ¿Cómo podía seguir en poder de los seguidores de Mahoma, la ciudad santa, Jerusalén?
Se dudó de la fe cristiana, y se atacó a la Orden de los Templarios, acusada de renegar de Cristo y entregarse a prácticas reñidas con la moral.
En resumen, la Humanidad está dejada de la mano de Dios -como sucede en estos días- vuelve sus miradas a la superstición, que es como un lenitivo para tantos pesares, para tantos desengaños. Y en Europa cae bajo una oleada de supersticiones que amenazan con ahogarlo todo. Y lo mismo los plebeyos que los más ilustrados caen en el mismo error. Es entonces cuando empiezan los procesos contra las brujas, y centenares de desdichados son condenados al fuego.
Se trata de una locura colectiva. Los jueces se vanaglorian de sus sentencias, y así, uno de ellos se alaba de haber hecho quemar a 800 hechiceros.
Fue solamente en el siglo XVIII, bajo el influjo de la Ilustración, cuando cedió parcialmente la obsesión por la brujería. Sin embargo, en 1751 aún había en el Código de Baviera anotaciones sobre la forma en que puede existir un trato sexual entre hombres y demonios. Porque no hemos de olvidar que casi todas las supersticiones -y la brujería figura en primer lugar en este respecto-, se apoyan en la sexualidad.
Aquí cabe recordar las historias de hechicería tan frecuentes en la Edad Media, los procesos instruidos contra los adoradores de Lucifer y las acusaciones que se les hacían.
Entre ellas había la de las imágenes de cera a fin de perjudicar a un ser humano, a cuya semejanza se hacía la fijurilla. Éste era un crimen de brujería, castigado con la pena de muerte, como casi todas las demás prácticas de hechicería.
En la actualidad, tales hechos, de acuerdo con la moderna psicología, se clasifican bajo el marbete del histerismo y las aberraciones mentales, por lo que cuesta mucho creer que en épocas más antiguas los cerebros más ilustres creyeran a pies juntillas en tales supersticiones, llegando a condenar a inocentes al fuego purificador de la hoguera.
Naturalmente, hay que aclarar que en aquella fecha todavía se creía que la Tierra no era redonda, y que más allá del mar ignoto vivían sátiros y arimaspos.
Un sátiro es uno de los compañeros itifálicos de Dioniso con características equinas,
incluyendo una cola, oreja y, a veces, hasta falo de caballo.
Los arimaspos eran una tribu legendaria de jinetes de un solo ojo del norte de Escitia que vivía en colinas de los montes Ripeos, identificados con los Urales o los Cárpatos.
De acuerdo con esta bula la brujería era una realidad y se basaba en un pacto con el demonio.
Y ese pacto significaba la negación de la fe cristiana.
No era nada nuevo. La gente llevaba siglos, tal vez milenios, creyendo en la existencia de unos poderes maléficos y satánicos. El cristianismo había convertido, además, en demonios a los dioses paganos, desterrándolos al Infierno, pero la superstición continuó arraigada en el corazón de la gente humilde y simplona.
A partir del siglo XIII, el panorama es más siniestro. El fracaso de las Cruzadas decepcionó de tal modo a los cristianos, que muchos empezaron a dudar de la fortaleza de Dios. De lo contrario, ¿por qué los infilees habían vencido a los que adoraban al Dios verdadero? ¿Cómo podía seguir en poder de los seguidores de Mahoma, la ciudad santa, Jerusalén?
Se dudó de la fe cristiana, y se atacó a la Orden de los Templarios, acusada de renegar de Cristo y entregarse a prácticas reñidas con la moral.
En resumen, la Humanidad está dejada de la mano de Dios -como sucede en estos días- vuelve sus miradas a la superstición, que es como un lenitivo para tantos pesares, para tantos desengaños. Y en Europa cae bajo una oleada de supersticiones que amenazan con ahogarlo todo. Y lo mismo los plebeyos que los más ilustrados caen en el mismo error. Es entonces cuando empiezan los procesos contra las brujas, y centenares de desdichados son condenados al fuego.
Se trata de una locura colectiva. Los jueces se vanaglorian de sus sentencias, y así, uno de ellos se alaba de haber hecho quemar a 800 hechiceros.
Fue solamente en el siglo XVIII, bajo el influjo de la Ilustración, cuando cedió parcialmente la obsesión por la brujería. Sin embargo, en 1751 aún había en el Código de Baviera anotaciones sobre la forma en que puede existir un trato sexual entre hombres y demonios. Porque no hemos de olvidar que casi todas las supersticiones -y la brujería figura en primer lugar en este respecto-, se apoyan en la sexualidad.
Aquí cabe recordar las historias de hechicería tan frecuentes en la Edad Media, los procesos instruidos contra los adoradores de Lucifer y las acusaciones que se les hacían.
Entre ellas había la de las imágenes de cera a fin de perjudicar a un ser humano, a cuya semejanza se hacía la fijurilla. Éste era un crimen de brujería, castigado con la pena de muerte, como casi todas las demás prácticas de hechicería.
En la actualidad, tales hechos, de acuerdo con la moderna psicología, se clasifican bajo el marbete del histerismo y las aberraciones mentales, por lo que cuesta mucho creer que en épocas más antiguas los cerebros más ilustres creyeran a pies juntillas en tales supersticiones, llegando a condenar a inocentes al fuego purificador de la hoguera.
miércoles, 20 de septiembre de 2017
¿Qué pasa cuando una bruja pronuncia el nombre de "Jesús"?
Se ha visto que una de las obligaciones fundamentales de las brujas es la de no pronunciar el nombre de Jesús "de ninguna forma ni manera". Las veteranas cumplen con facilidad semejante requisito, pero algunas veces ocurre que las novicias pronuncian los sagrados nombres. ¿Qué pasa entonces?
La esposa, bruja, atiende las súplicas de su marido y le conduce por los aires a una reunión de brujas. Existe el próposito de servir a todos una espléndida cena, pero no pueden preparar la comida porque la bruja que ha de llevarles la sal todavía no ha llegado. Se impone una espera insoportable y cuando el novicio está a punto de desfallecer, llega por fin la bruja.
- ¡Gracias a Dios! - exclama el hombre, palmoteando jubilosamente.
Las brujas no pudieron impedirlo. Ni siquiera la que estaba más cerca pudo taparle la boca a tiempo. Inmediatamente después de pronunciadas estas palabras, y luego de un breve terremoto, las brujas se desvanecen. El novato, amedrentado, se oculta entonces detrás de una cuba y espera a que alguien venga a sacarle de su refugio.
De la misma forma, las brujas no pueden oír pronunciar la palabra "domingo" sin montar en cólera. La explicación que se ofrece es clara: el domingo es el día consagrado por los cristianos a Nuestro Señor Jesucristo. Nombrar ese día equivale a recordarles la infinita gloria de Dios. ¿Cómo van, pues, a permanecer impasibles?
He aquí una conocida tradición que nos habla de ello:
La esposa, bruja, atiende las súplicas de su marido y le conduce por los aires a una reunión de brujas. Existe el próposito de servir a todos una espléndida cena, pero no pueden preparar la comida porque la bruja que ha de llevarles la sal todavía no ha llegado. Se impone una espera insoportable y cuando el novicio está a punto de desfallecer, llega por fin la bruja.
- ¡Gracias a Dios! - exclama el hombre, palmoteando jubilosamente.
Las brujas no pudieron impedirlo. Ni siquiera la que estaba más cerca pudo taparle la boca a tiempo. Inmediatamente después de pronunciadas estas palabras, y luego de un breve terremoto, las brujas se desvanecen. El novato, amedrentado, se oculta entonces detrás de una cuba y espera a que alguien venga a sacarle de su refugio.
De la misma forma, las brujas no pueden oír pronunciar la palabra "domingo" sin montar en cólera. La explicación que se ofrece es clara: el domingo es el día consagrado por los cristianos a Nuestro Señor Jesucristo. Nombrar ese día equivale a recordarles la infinita gloria de Dios. ¿Cómo van, pues, a permanecer impasibles?
martes, 8 de agosto de 2017
Transformación de las Brujas en animales
Ocurría frecuentemente que las brujas se transformaban en animales. Leyendas, rondallas y tradiciones están llenas de semejantes casos. He aquí, por ejemplo, la del gato negro.
«Un matrimonio joven vive con la madre de él. La nuera y la suegra no congenian. Cansado el esposo de los malos tratos que su propia madre ejerce sobre su mujer, deciden separarse. Ahora el joven matrimonio vive en una casa y la suegra en otra. Alos escándalos de antes sucede una paz llena de ventura. El marido trabaja de sol a sol. Regresa del campo muy fatigado, cena y se acuesta sin perder tiempo. La esposa queda hilando junto al fuego. Son unas horas hermosas, repletas de dulces e íntimos pensamientos.
Pero, ¿qué hace ese enorme gato negro? ¿de dónde ha venido? ¿por qué mira con tanta fijeza? La mujer se siente desagradablemente sorprendida. El extraño huesped llega cada noche puntualmente. Se lo dice a su esposo y acuerdan que él se disfrazará de mujer y se quedará hilando frente a las llamas del hogar.
Así lo hacen. El gato negro comparece a la hora de siempre. Observa atentamente al hombre disfrazado con las ropas de su esposa y exclama:
- ¿Eres hombre y estás hilando?
El hombre no se desconcierta.
- ¿Y tú eres gato... y hablas?
Le arroja una sartén de aceite hirviendo y el gato escapa chillando como una persona. Al día siguiente un vecino de la suegra les comunica que ésta está gravemente enferma. El hijo acude sin perder tiempo a su lado y le pregunta qué es lo que le pasa.
- ¿Qué me pasa? - exclama la madre - ¡Me pasa el sartenazo de aceite hirviendo que me arrojaste anoche!»
jueves, 11 de mayo de 2017
Las principales víctimas de la brujería... Las Brujas
Las principales víctimas de la brujería fueron, desde luego, las propias brujas, las infelices mujeres acusadas de brujería. Durante la Edad Media y la Moderna miles de presuntas hechiceras fueron conducidas a las llamas. En Alemania, por ejemplo, las últimas brujas fueron quemadas en Qurzburgo en el año 1749, en Endigen (Brisgavia) en 1751, en Kempten en 1755 y en Glorus en 1782.
Durante más de dos siglos, niños y ancianos, hombres y mujeres, sabios y gentes del pueblo, pobres y ricos, feos y hermosos, fueron llevados a la cámara de tortura y a la hoguera...
Dos razones fundamentales explican el extraordinario incremento de los procesos de brujas durante aquel tiempo. Por una parte, la incompetencia y el fanatismo de los jueces. En los procesos de brujas se había incluido además el procedimiento inquisitorial en virtud del cual cualquier juez estaba autorizado o incluso obligado a buscar brujas y a detener a los sospechosos, aun sin mediar denuncia del perjudicado. La venganza y la codicia -los bienes de los acusados pasaban a poder de los acusadores- hicieron que las denuncias se multiplicasen. Cierto que las personas acusadas de brujería disponían de un defensor, pero, ¿qué podían esperar aquellos infelices de un defensor que ni siquiera se atrevía a hacer una defensa demasiado calurosa por miedo a ser acusado de brujo?
La seguda de las razones fue la tortura. A principios del siglo XIV fueron consideradas pruebas de convicción todas las confesiones hechas bajo tortura. La brujería era tenida por delito de excepción (delitum exceptum) y cualquier medio que la pudiese demostrar era considerado lícito.
A la vista de la terrible cámara de tortura, ¿quién era el que no se confesaba culpable de los más espantosos delitos? ¿Quién era el que tenía suficiente entereza para resistir los tormentos y negar su culpabilidad hasta el fin? ¿Qué muchachita, ante la perspectiva de tener que dormir sobre montones de huesos -una de las torturas empeladas por los jueces parisinos- no confesaba una y mil veces haber sostenido relaciones sexuales con el diablo?
A su confesión seguía la muerte en la hoguera, pero la muerte, comparada con la refinada gama de tormentos que aplicaban los verdugos, era sólo una compañera piadosa.
Durante más de dos siglos, niños y ancianos, hombres y mujeres, sabios y gentes del pueblo, pobres y ricos, feos y hermosos, fueron llevados a la cámara de tortura y a la hoguera...
Dos razones fundamentales explican el extraordinario incremento de los procesos de brujas durante aquel tiempo. Por una parte, la incompetencia y el fanatismo de los jueces. En los procesos de brujas se había incluido además el procedimiento inquisitorial en virtud del cual cualquier juez estaba autorizado o incluso obligado a buscar brujas y a detener a los sospechosos, aun sin mediar denuncia del perjudicado. La venganza y la codicia -los bienes de los acusados pasaban a poder de los acusadores- hicieron que las denuncias se multiplicasen. Cierto que las personas acusadas de brujería disponían de un defensor, pero, ¿qué podían esperar aquellos infelices de un defensor que ni siquiera se atrevía a hacer una defensa demasiado calurosa por miedo a ser acusado de brujo?
La seguda de las razones fue la tortura. A principios del siglo XIV fueron consideradas pruebas de convicción todas las confesiones hechas bajo tortura. La brujería era tenida por delito de excepción (delitum exceptum) y cualquier medio que la pudiese demostrar era considerado lícito.
A la vista de la terrible cámara de tortura, ¿quién era el que no se confesaba culpable de los más espantosos delitos? ¿Quién era el que tenía suficiente entereza para resistir los tormentos y negar su culpabilidad hasta el fin? ¿Qué muchachita, ante la perspectiva de tener que dormir sobre montones de huesos -una de las torturas empeladas por los jueces parisinos- no confesaba una y mil veces haber sostenido relaciones sexuales con el diablo?
A su confesión seguía la muerte en la hoguera, pero la muerte, comparada con la refinada gama de tormentos que aplicaban los verdugos, era sólo una compañera piadosa.
lunes, 17 de abril de 2017
Misas Negras
Los aquelarres no tardaron mucho en transformarse en las Misas Negras. La Misa Negra, en su primer aspecto, era la redención de eva, maldecida por el cristianismo. La mujer lo era todo en el aquelarre. Era el sacerdote, el altar (cuando la sacrificada era una doncella y no un cordero o un cabrito), era la hostia con la que comulgaban todos los asistentes... ¡Era la culminación de la sexualidad!
Para la Misa Negra se necesitaba una doncella. Desnuda, era colocada sobre el altar, en el momento en que los circunstantes, tal vez embriagados por bebidas afrodisíacas, empezaban a mostrar sus ansias sexuales. Y entonces empezaba el verdadero sacrificio: la violación de la doncella, con todo lo que este acto tenía de desafío a Dios. Se comentían mil acciones impuras sobre una hostia consagrada, y la víctima podía ser decapitada para que todos pudieran gozar de las bendiciones ofrecidas por la libación de su sangre.
No obstante, en casi todas las ocasiones el sacrificio que tenía lugar era el de un animal.
Para la Misa Negra se necesitaba una doncella. Desnuda, era colocada sobre el altar, en el momento en que los circunstantes, tal vez embriagados por bebidas afrodisíacas, empezaban a mostrar sus ansias sexuales. Y entonces empezaba el verdadero sacrificio: la violación de la doncella, con todo lo que este acto tenía de desafío a Dios. Se comentían mil acciones impuras sobre una hostia consagrada, y la víctima podía ser decapitada para que todos pudieran gozar de las bendiciones ofrecidas por la libación de su sangre.
No obstante, en casi todas las ocasiones el sacrificio que tenía lugar era el de un animal.
jueves, 30 de marzo de 2017
¿Cómo se celebraba un aquelarre?
Veamos la narración de una bruja:
«Ha llegado la hora... Es sábado y mi Señor me llama... ¡Ah, volveré a verle y a adorarle! Pero antes debo untar mi cuerpo con el ungüento que tan grato le resulta... Sí, desnuda por completo, me unto el cuerpo por completo... Ya está. Ahora, puedo volar hacia Él. Me tumbo en el jergón... Cierro los ojos... Y de pronto, un rayo de luz me anuncia que la Luna ha salido ya en los cielos. ¡Sí, ahora voy hacia ti... hacia el lugar de reunión!... Sé que cabalgo, cabalgo, subo hasta la Luna, que me sonríe... ¡La Luna es mi cómplice! Veo por el sendero una procesión, la procesión de los iniciados y de los neófitos, de aquellos que desean ser iniciados en nuestros ritos, en nuestra antirreligión...
Ah, he llegado al claro donde se celebrará el aquelarre... donde todas y todos adorarremos al Macho Cabrío, al Gran Cabrón...
Sí, ya le veo, sentado sobre una piedra, relucientes sus cuernos... enhiesta su cola... Ahora empieza la procesión y la adoración... El Macho Cabrío se vuelve de espaldas... y todos los presentes, uno a uno, le adoramos y besamos su orificio posterior... ¡Y empieza la fiesta! ¡Los cánticos se tornan cada vez más excitantes! ¿Todas, todas nos revolcamos por el suelo, buscando un lenitivo a nuestros pesares, a nuestros ardores!
Después, llega la hora del sacrificio al Gran Cabrón. Traen el cordero atado por las patas y lo colocan sobre la hoguera preparada al efecto. Arde la leña, se degüella al cordero y es colocado sobre la pira. La sangre vertida es recogida en cuencos y repartida entre todos los presentes... ¡Ah, cómo vigoriza esta sangre! Volvemos a adorar al Macho Cabrío... ¡y la orgía sigue más frenética que antes! Circulan los manjares y las bebidas embriagadoras, que nos agitan hasta el fondo de nuestras almas... ¡estas almas que hemos vendido a nuestro Amo, el Señor de las tinieblas!»
miércoles, 18 de enero de 2017
Creencias y tradiciones de la Brujería
Veamos una relación de los hechos que tuvieron lugar en 1314, hechos cuyo protagonista fue un tal Juan el Rojo, quien murió en la hoguera. En efecto, Juan el Rojo declaró ante los jueces que se valía de las figuritas de cera para hacer morir al individuo que le indicaran. Se trataba, por lo visto, de un antecesor del asesino a sueldo. ¿Cómo lo lograba?
Se procuraba cera virgen, a la que unía partículas de hostia consagrada y unas gotas de los santos óleos, todo lo cual robaba en las iglesias, según él, protegido por los dioses del mal. Una noche de martes o sábado, sin luna, y en sitio alejado de la población, aguardaba a que fuese medianoche y entonces invocaba a las potencias infernales, mientras modelaba la figurita concentrándose mentalmente en la persona que debía morir; luego, le añadía pelos, pedazos de uña, etc., procedentes de la víctima, y la vestía con fragmentos de tela sin lavar de igual procedencia.
Fabricado así el maleficio, lo guardaba hasta el martes o sábado siguiente. Entonces, lo trasladaba a un lugar sagrado, y lo bautizaba con unas gotas de agua bendita, imponiéndole el nombre de la víctima elegida. Después, entregaba la figura a quien se la había encargado, para que la fundiese a fuego muy lento cuando quisiera, invocando a Satanás y concentrándose mentalmente en la muerte de su enemigo.
Se procuraba cera virgen, a la que unía partículas de hostia consagrada y unas gotas de los santos óleos, todo lo cual robaba en las iglesias, según él, protegido por los dioses del mal. Una noche de martes o sábado, sin luna, y en sitio alejado de la población, aguardaba a que fuese medianoche y entonces invocaba a las potencias infernales, mientras modelaba la figurita concentrándose mentalmente en la persona que debía morir; luego, le añadía pelos, pedazos de uña, etc., procedentes de la víctima, y la vestía con fragmentos de tela sin lavar de igual procedencia.
Fabricado así el maleficio, lo guardaba hasta el martes o sábado siguiente. Entonces, lo trasladaba a un lugar sagrado, y lo bautizaba con unas gotas de agua bendita, imponiéndole el nombre de la víctima elegida. Después, entregaba la figura a quien se la había encargado, para que la fundiese a fuego muy lento cuando quisiera, invocando a Satanás y concentrándose mentalmente en la muerte de su enemigo.
viernes, 30 de diciembre de 2016
Experimentos llevados a cabo por el Coronel Alberto de Rochas
Todo lo que se refiere a la psicología interesa a los estudiosos de la filosofía, por lo que no es raro que entre los investigadores de los fenómenos hipnóticos haya tantos filósofos y médicos.
En 1887, Alberto de Rochas publicó una obra consagrada a los dedicados a investigar los hechos más oscuros del hipnotismo, como la polaridad humana, o sea la imantación existente entre dos seres mediante, particularmente, la sincronización de sus ondas cerebrales.
El coronel Rochas, en su estudio, llegó a la conclusión de que podía determinar la existencia de estados hipnóticos profundos en los que se revelaban fenómenos ya citados por los magnetizadores antiguos, pero negados por casi todos los médicos dedicados a estudiar el hipnotismo.
Y es el magnetismo, precisamente, lo que puede explicar gran parte de los casos de brujería existentes en el mundo.
Hay que tener en cuenta que el embrujamiento consiste en envenenar el cuerpo astral de un individuo por el odio de otro. Una especie de embrujamiento es hablar mal de una persona ausente, o tratar de causarle algún mal. Es asimismo un embrujamiento mental desear que a cierta persona le ocurra algo desagradable.
También existe un embrujamiento consciente practicado con el objetivo de causar daños o perjuicios, a veces incluso la muerte a otra persona. Entonces, el brujo exterioriza su odio, que dirige hacia la víctima en efluvios envenenados.
Pero cuando obra así un ser malvado, ignora que atrae sobre si los grandes influjos maléficos de Satanás.
El objetivo de la brujería (nos referimos a la brujería de sentido negativo) es rodear a los seres dichosos de infelicidades terrestres, mediante el odio concentrado y las corrientes astrales. Sin embargo, estas acciones de los brujos pierden casi siempre su fuerza satánica.
La persona honrada, sencilla, amante de la paz y la bondad poco tiene que temer de los malvados brujos ni de sus maléficas artes.
Pero en el caso de un individuo excesivamente débil, propenso a caer bajo un embrujamiento malvado, ¿cómo es posible luchar contra el mismo?
Existen tres fases para ello:
En 1887, Alberto de Rochas publicó una obra consagrada a los dedicados a investigar los hechos más oscuros del hipnotismo, como la polaridad humana, o sea la imantación existente entre dos seres mediante, particularmente, la sincronización de sus ondas cerebrales.
El coronel Rochas, en su estudio, llegó a la conclusión de que podía determinar la existencia de estados hipnóticos profundos en los que se revelaban fenómenos ya citados por los magnetizadores antiguos, pero negados por casi todos los médicos dedicados a estudiar el hipnotismo.
Y es el magnetismo, precisamente, lo que puede explicar gran parte de los casos de brujería existentes en el mundo.
Hay que tener en cuenta que el embrujamiento consiste en envenenar el cuerpo astral de un individuo por el odio de otro. Una especie de embrujamiento es hablar mal de una persona ausente, o tratar de causarle algún mal. Es asimismo un embrujamiento mental desear que a cierta persona le ocurra algo desagradable.
También existe un embrujamiento consciente practicado con el objetivo de causar daños o perjuicios, a veces incluso la muerte a otra persona. Entonces, el brujo exterioriza su odio, que dirige hacia la víctima en efluvios envenenados.
Pero cuando obra así un ser malvado, ignora que atrae sobre si los grandes influjos maléficos de Satanás.
El objetivo de la brujería (nos referimos a la brujería de sentido negativo) es rodear a los seres dichosos de infelicidades terrestres, mediante el odio concentrado y las corrientes astrales. Sin embargo, estas acciones de los brujos pierden casi siempre su fuerza satánica.
La persona honrada, sencilla, amante de la paz y la bondad poco tiene que temer de los malvados brujos ni de sus maléficas artes.
Pero en el caso de un individuo excesivamente débil, propenso a caer bajo un embrujamiento malvado, ¿cómo es posible luchar contra el mismo?
Existen tres fases para ello:
- Primero: sanear la mentalidad.
- Segundo: aumentar las potencias espirituales y,
- Tercero: poner en movimiento las fuerzas astrales que circundan a todos los seres humanos.
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