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martes, 29 de agosto de 2017

Cosas que se deben saber sobre los Duendes domésticos (III): Tipología y variedad

Existe una variedad increíble de duendes, aunque solamente nos circunscribamos a España. Sin embargo, aunque su número ha disminuido, toda vez que también a ellos les afecta el progreso de los hombres, en lugares alejados de las ciudades todavía es posible encontrados inquietando a los pobres campesinos que tienen la desgracia de que su casa les resulte atractiva. Con todo, los duendes se han adaptado al mundo moderno de muy desigual forma, si bien algunos, como los tardos y los trasgos, han conseguido un notable éxito en su adaptación y es fácil sufrir sus implacables bromas y travesuras. Otros se han transformado o disfrazado de personajes en los cuales los humanos estén dispuestos a creer, puesto que son conscientes de que ya en los duendes apenas nadie cree en esta época tecnológica, y por eso, gracias a sus facultades transformistas, pueden hacerse pasar por tripulantes de OVNIS, visitantes nocturnos o lo que se tercie. La transformación de estos seres en otras variadas formas, sobre todo de animales, es algo característico del mundo del que proceden. En nuestro mundo físico y material, todas las formas son estables y no suelen cambiar con facilidad, pero en el «mundo astral» o «mundo de los deseos» es muy distinto, porque, según afirman casi todas las doctrinas herméticas, allí las formas cambian a voluntad de la vida que las anima, y los «elementales» en general, como habitantes de ese plano, tienen esta facultad de modificar su forma, aunque, como iremos viendo en las páginas de este libro, suelen inclinarse siempre por algunas muy concretas y determinadas.

Debido a estas circunstancias, los autores hemos tenido difícil el clasificar a estos pequeños seres,
principalmente porque en ocasiones es casi imposible rastrearlos y mucho menos distinguirlos de otro
tipo de manifestaciones, y sobre todo porque su recuerdo se ha ido perdiendo en muchas zonas y regiones españolas. Además, por si esto fuera poco, hay una absoluta falta de claridad y unidad de criterios entre los pocos que se han ocupado de estudiar este fenómeno en el pasado.


Por tanto, para una mayor comprensión, decidimos crear tres grupos fundamentales, teniendo en
cuenta que, como hemos visto, y como denominador común, todos ellos están asociados de una manera directa a los hogares de los seres humanos:

1. Duendes domésticos


Viven en el interior o en los alrededores de las casas humanas, donde se manifiestan preferentemente de noche, momento en el que aprovechan para jugar y divertirse. Algunos pueden llegar incluso a colaborar con los hombres, y es frecuente que, además de traviesos, puedan ser muy molestos. Serían los trasgos, follets y duendes en general, que llegan a alcanzar el medio metro de altura, actúan siempre en la oscuridad o por la noche, huyendo del sol, amando, sin embargo, la luz de la luna o de los pequeños candiles, y esto es así porque, al parecer, las descargas de los vientos fotónicos, emanadas del sol, lastiman su piel etérica, como a nosotros una fuerte tormenta de arena la piel física. Sobre todo, cometen sus fechorías amparados en su invisibilidad, norma que rompen pocas veces, pero las suficientes para que nos hayan llegado algunos datos fragmentarios sobre su aspecto físico. Pueden cambiar de forma a voluntad, pero normalmente se manifiestan como hombrecillos bien proporcionados, salvo la cabeza, que es mucho más grande en relación con el resto de su cuerpo. Reseñable es también el matiz diferenciador existente entre trasgos, duendes y follets, ya que, a pesar de pertenecer al mismo grupo, forman familias separadas. Los primeros —los trasgos— prefieren escoger casas más campestres y rurales, habitando en desvanes o cuadras, a diferencia de los duendes, que son mucho más señoriales (o señoritos) y gregarios. A éstos les gusta habitar, o al menos manifestarse, en hogares más refinados, con más nivel de desarrollo y muchas veces ubicados en ciudades o villas muy pobladas. Los duendes son, por lo general, más inteligentes que sus parientes los trasgos, no tienen agujero en la mano, no cojean y visten ropas más ostentosas, siendo sus bromas mucho más crueles. El follet participa de las cualidades de unos y otros, manteniéndose en un justo término medio en cuanto a sus contactos con el género humano, pues, por un lado, sí tienen agujero en la mano y, por consiguiente, se les conjura como a los trasgos, pero, por otro, siguen a los dueños de la casa, como hacen preferentemente los duendes.

2. Diablillos familiares


Considerados como duendecillos, generalmente con aspecto de diablillos, están ligados no a una casa, sino a una persona, a la que ayudan, convirtiéndose ésta en su dueño. Como tal, puede venderlos, transmitidos en herencia, cederlos, etc. La forma de conseguirlos es, por tanto, muy variada: pueden ser «fabricados», capturados, recibidos como regalo, comprados e incluso invocados mediante determinados rituales secretos, razón por la cual están muy vinculados históricamente a la brujería.
Respecto al tamaño que adoptan, son extremadamente pequeños, ya que caben varios de ellos en un acerico o alfiletero. Actúan en colectividad y, prácticamente, su rastro ha desaparecido en la época actual.

3. Duendes dañinos de dormitorio


Extraña familia de duendes (utilizando esta palabra con ciertas reservas) individualistas y agresivos, viven de absorber la energía vital a los seres humanos y de tener contactos carnales con ellos, provocando pesadillas y enfermedades a los que eligen como víctimas, sobre todo a los niños y mujeres. Actúan generalmente en casas solitarias, donde construyen sus guaridas, y su presencia,
por fortuna, es menos abrumadora que la de los domésticos. Su tamaño oscila desde unos pocos milímetros hasta el medio metro, pudiendo adoptar formas muy variadas, desde grandes manos peludas, perros negros, enanos o pequeñas formas indefinidas. Hemos hecho dos sub categorías dentro de este grupo para entender mejor su complejidad: duendes vampirizantes y duendes lascivos o íncubos.

Además, hablaremos de los «Minúsculos Malignos», que se introducen en el interior del organismo humano para provocar algunas dolencias, aunque lo vamos a hacer con las reservas que en su momento comentaremos y sin cuya presencia no estaría completa en una obra de estas características.

viernes, 16 de junio de 2017

Cosas que se deben saber sobre los Duendes domésticos (II): ¿Por qué a un Duende le resulta atractiva una casa?

Como el resto de los seres mágicos asociados al «entorno de la penumbra», los duendes sólo se manifiestan al anochecer, período en el que desarrollan una intensa actividad. Bromistas y descarados, gustan de gastar bromas pesadas de forma especial a quienes duermen, haciéndoles cosquillas con sus dedos fríos, quitándoles la manta y la sábana o tapándoles la nariz, para dificultar su respiración.

Algunos, como los tardos, son peligrosos para los niños y para los adultos, en tanto que otros apenas pueden hacer otra cosa que dar pequeños sobresaltos a los humanos que encuentran a su paso.

Como, en el fondo, lo que les gusta a los duendes es la diversión, disfrutan bailando por toda la casa, saltando en los tejados, arrojando piedras y arrastrando, a veces, cadenas. En ocasiones, su descaro llega hasta el punto de usar como monturas a los durmientes. Sus lugares favoritos son los desvanes, las cuadras y las cocinas, donde construyen sus entradas o puentes de contacto entre su dimensión astral y nuestra dimensión física. Perezosos y gandules, es cierto que hay pruebas de que ayudan a determinadas personas en las labores de la casa, pero siempre a cambio de algo. En ese sentido, se sabe que se les puede convencer ofreciéndoles un cuenco lleno de leche o dándoles alguna que otra golosina, pero nunca ropa o vestidos, como luego veremos.

Los duendes no abandonan el lugar en el que viven, salvo que los dueños de la casa quiten de la misma todo aquello que pueda hacer que les guste. El problema es descubrir qué es lo que les hizo venir, ya que no debe olvidarse que los duendes pueden ser convocados, consciente o inconscientemente, por el ser humano y, por consiguiente, pueden estar agazapados en espera de encontrar el momento idóneo para manifestarse. Así, una casa puede estar infestada de duendes y éstos no aparecerán hasta el momento en que, por ejemplo, un cambio en la decoración o en el mobiliario la convierta de golpe en un lugar enormemente atractivo para ellos. Estamos hablando de casas rurales y campestres porque, por lo que se refiere a las ubicadas en las grandes ciudades, suelen huir de ellas como gato escaldado. Aborrecen el ruido, la contaminación y todo aquello que no sea puro y natural, aunque existen varios casos célebres de duendes que han desarrollado sus trastadas en viviendas urbanas.

Los autores tenemos serias sospechas de que uno de los elementos que interactúa para que a un duende le sea más atractiva una casa, masía, desván, cocina o establo, con preferencia a otro cualquiera dentro de la misma población, es el relativo a los cruces telúricos (más recientemente llamados redes Hartmann). Así como la reina de un hormiguero elige construir su ciudad en el centro de un cruce de dos líneas telúricas o fuerzas energéticas terrestres, o así como un perro gusta de acostarse en los lugares menos perniciosos o geopatógenos de estas invisibles bandas (al contrario que los gatos, que se recargan con estos focos energéticos), también creemos que los duendes domésticos y otros seres invisibles prefieren aquellos habitáculos que irradien una especial densidad vibratoria que les permite conectar inmediatamente con su longitud de onda y, por tanto, con sus gustos y sensibilidad. Son entradas o lugares que la cultura china llamaba zonas de subida de demonios. No deja de ser curioso que en una de las calles de Barcelona, en concreto la calle Basea, situada en el casco antiguo de la ciudad, y siempre según la tradición popular, se localizase una casa enduendada o encantada, que comunicaba directamente con el «infierno», un lugar por donde los demonios podían entrar y salir libremente, hasta el punto que las gentes que pasaban por dicha calle se persignaban y prohibían a los niños que se acercasen por allí.

De todo lo expuesto hasta aquí, se infiere que, a pequeñas y grandes escalas, estas zonas especiales existen en todas las partes del mundo, algunas de tal envergadura sociológica que se ha afirmado que son lugares mágicos porque habitan los llamados «genius locis», o genios locales, debido a que en ellos se producen en mayor medida esas confluencias de energías cosmotelúricas que les hace susceptibles de provocar cualquier tipo de manifestaciones paranormales.

Por último, también pensamos que para que un duende se manifieste en una determinada vivienda, haciéndose sentir con todas sus consecuencias, se requiere al menos una materialización parcial de este ser, pues es evidente que los objetos se mueven por la acción de algún ente que, si bien invisible para nosotros, debe estar suficientemente materializado o corporeizado para llevar a cabo sus fines en este medio físico, por lo que sólo pueden producirse dichas manifestaciones en presencia, o bajo los efectos, de un ser vivo (que puede ser el dueño de la casa, el hijo, la criada, o quien fuere), dotado de condiciones mediúmnicas. Estas personas, junto con las demás circunstancias descritas, son los que, a nuestro juicio, hacen de puente entre nuestro mundo y el suyo, los cuales, recordemos, están superpuestos.

Cuanto mayor sea el poder psíquico del viviente —del que la gran mayoría de las veces no es consciente —, mayor grado de presencia en la casa tendrá el duende en cuestión y más fácilmente será visible su cuerpo energético para el resto de la familia y otros eventuales testigos.

sábado, 18 de marzo de 2017

Cosas que se deben saber sobre los Duendes domésticos (I): Su confusión con los Fantasmas

Con el nombre genérico de duendes se denomina, en España y resto de Europa, a un grupo de seres
relativamente originales, por cuanto que tienen entre sus características principales su apego por determinados lugares en los que se instalan, siendo casi imposible expulsarlos. Estos lugares son siempre
casas u hogares humanos, habitados o deshabitados.

Respecto a su remoto origen, decir lo que usualmente se dice del resto de los elementales: que forman
parte de aquella legión de ángeles caídos que no fueron lo suficientemente buenos para salvarse ni lo
suficientemente malos para condenarse, por lo que se les permitió vivir en la Tierra, junto a los hombres, pero en una civilización paralela.

Es casi seguro que esta sub-raza de seres llamados duendes domésticos eran hace siglos habitantes de zonas agrestes, boscosas y montañosas, viviendo en el interior de cuevas y grutas hasta que, de forma paulatina, se fueron acercando a los hogares humanos, al principio como curiosidad por conocer a los del «otro lado», es decir, a nosotros, y después realizando diversas tareas domésticas (poniendo orden en la cocina, ayudando al ganado y actividades similares), con el único objetivo de divertirse, cogiendo poco a poco el gustillo por todo lo relativo al hombre y sus quehaceres. En ciertas zonas, la relación duendehombre fue tan intensa que se llegaron a convertir en una especie de parientes o familiares (aunque esta palabra tiene también otras connotaciones, como veremos), con visitas asiduas —siempre por la noche —, serviciales, traviesos, manifestando sentimientos de agrado y de enfado según su comportamiento con ellos. Su presencia en una casa, viviendo en su interior o muy cerca de ella, se hacía notar inmediatamente pues no les gustaba pasar desapercibidos. Para el reverendo Kirk, no había muchas dudas sobre su origen: eran miembros de un pueblo, que él llamaba subterráneos, y no espíritus malignos o diablos, porque si bien arrojan a los que habitan en ellas (las casas) grandes piedras, fragmentos de madera y terrones del suelo, no los golpean, como si su forma de actuar no fuera la maligna de los diablos, sino la burlona de los bufones y payasos.

Lo que singulariza a los duendes de sus otros congéneres es que aquéllos se vinculan siempre, de diversas maneras y manifestaciones, a las casas y a los seres humanos que las habitan. Equivaldrían, dentro de la antigua mitología romana, a los espíritus protectores del hogar y de los campos, es decir, a los dioses Lares. Algunos psicólogos y antropólogos opinan que este culto es una prolongación y reminiscencia de la veneración y respeto que tenían al jefe de familia ya fallecido que, desde el más allá, seguía protegiendo a los suyos. Esta explicación, respecto a los duendes ibéricos, no es nada satisfactoria, pues entre sus actitudes y labores no está precisamente la de custodiar y proteger a los propietarios de una casa, sino a veces todo lo contrario. Por esta razón, también existían en la mitología de Roma, al lado de los espíritus protectores o dioses Lares, los espíritus malhechores: los Larvae o Lemures, considerados como las almas perversas de ciertos difuntos, que erraban por los viñedos, los pozos y las estancias del hogar molestando a criadas, niños y animales, así como propinando buenos sustos y amargos sinsabores. Para las Larvas o Larvaes existía un rito ejecutado por el «pater familias», consistente en arrojarles habas negras (legumbres consideradas muy negativas tanto por griegos como por romanos), con el fin de que se entretuvieran recogiéndolas y dejaran en paz a la familia; aunque mucho más perversos eran los Lemures, de los que se suponía que eran las sombras de aquellos que habían muerto antes de su momento, bien ajusticiados o bien asesinados. El padre Feijoo, al hablar de los duendes en su Cartas eruditas, escribía categóricamente: «No son ángeles buenos ni ángeles malos, ni almas separadas de los cuerpos, sino unos espíritus familiares, semejantes a los lemures de los gentiles».


Desde siempre, a los duendes se les ha considerado seres intermedios entre los espíritus más elevados (los ángeles y similares) y el hombre. Los ocultistas medievales, procedentes en su mayoría de la Cábala, dividían a los seres invisibles en:
  • Los ángeles y toda su jerarquía celeste (incluidos los «dioses» de los pueblos antiguos).
  • Los diablos y toda su corte demoníaca (así como a los llamados «Ángeles Caídos», situados en una categoría distinta a estos
  • demonios).
  • Las almas de los muertos o fantasmas.
  • Los Espíritus Elementales de la Naturaleza.
Dándose la curiosidad de que a los duendes, según diversos autores y según zonas geográficas, se les ha encuadrado en las cuatro categorías, aunque preferentemente como demonios de poca monta y, sobre todo, como elementales o espíritus de la naturaleza, vinculados especialmente al elemento tierra, tanto de la superficie como de su interior.

Algunos investigadores, profundizando más en las íntimas conexiones de todos estos seres y apoyándose en las antiguas enseñanzas, dicen que al ser humano, desde casi el mismo momento que tiene un alma individualizada, le siguen tres entidades:
  1. Su ángel de la guarda o custodio, a modo de Pepito Grillo o la voz de la conciencia, que le acompaña durante toda su vida.
  2. Su diablillo particular, encargado del lado oscuro de su mente, que asimismo le acompaña toda su vida.
  3. Su espíritu elemental, o genio individual (generalmente un duende o un hada), que le acompaña hasta la edad aproximada de siete años y que le sugiere, a modo de voz interior, aquello que debe evitar por ser peligroso para su vida. A partir de esa edad, este papel lo cumple a la perfección su particular ángel de la guarda, ya que es el momento en el que se encarnan sus principios superiores.
Esta trinidad juega un papel equilibrante, al estar conectado cada ser a un eje de la existencia humana, que, desde el enfoque cristiano, serían: los cielos, los infiernos y la tierra.

No hay que olvidar que siempre han tenido la consideración de ser los dueños o señores de las casas (aunque molestos), y etimológicamente así se han considerado en el País Vasco. El vocablo duende parece derivar de la voz duendo, y ésta a su vez del céltico deñeet (domesticado, familiar), existiendo dos acepciones distintas del mismo:
  • La de duende, propiamente dicho, ser fantástico de pequeña estatura.
  • La de fantasma, espíritu o aparecido que se materializa en determinadas circunstancias y que viene a ser una especie de doble energético de una persona fallecida.
Y, como veremos, el mundo de los muertos es muy difícil de desligar del mundo de los duendes o de los elementales, entre otras cosas porque los dos proceden del llamado mundo astral, dimensión ésta poco conocida con la que estamos, sin embargo, íntimamente interrelacionados al decir de algunos esoteristas, pues un componente esencial de nuestro organismo, el cuerpo astral, también participa de esta dimensión, por otros llamada «cuarta dimensión», pero teniendo claro que no se trata de un lugar lejano, sino de «este» lugar y cuyo proceso es inmanente a nosotros.

Tan imbricados están los duendes con las almas en pena, que en aquellas zonas donde no existe una clara creencia popular en duendes, follets o trasgos, se atribuye a las almas de los antepasados familiares ya muertos los ruidos nocturnos del hogar y los fenómenos anómalos que se produzcan (como ocurre, por ejemplo, en la comarca del Pallars o en algunos pueblos de Vizcaya). Para el gran folclorista asturiano
Constantino Cabal, no hay ninguna duda de que los duendes eran muertos: «Consta, porque son muertos
todavía en numerosos lugares y así, en los pueblos del Norte, los juzgan almas en pena que vivieron sin rienda en este mundo y están ahora condenadas a peregrinar por él», y muertos son también para Caballos
enanos, los gnomos, las hadas, los diaños… apreciación ésta con la que no podemos estar totalmente de
acuerdo.

Hemos utilizado la terminología genérica de duendes domésticos para referimos a grupos tan diferenciados como los trasgos, los füllets, o al resto de duendes, con sus respectivos y numerosos nombres locales de los que hemos podido tener constancia al realizar nuestra investigación — aproximadamente unos setenta—, poniendo sobre aviso al lector respecto a tres importantes cuestiones:
  1. Todos los duendes domésticos que vamos a mencionar proceden originariamente del grupo llamado «elementales de los bosques» que, en un momento dado, decidieron voluntariamente separarse de sus congéneres más allegados (como los «Diablos burlones») y acercarse a los hogares humanos, movidos en gran parte por su curiosidad y por los adelantos tecnológicos que apreciaban en los hombres. Al estar dotados de inteligencia y sensibilidad, pueden llegar a coger odio a una familia o, por el contrario, desarrollar una cierta simpatía o afecto hacia la misma, hasta el punto que la pueden seguir de un lugar a otro. Este carácter ambivalente del duende es una constante en todas las historias en las que intervienen: son leales con la casa que escogen e incluso aman (en el sentido que ellos lo entiendan) a sus miembros, pagando sus atenciones y sus ofrendas con todos los beneficios que un duende puede dispensar, que son muchos si quiere. En cambio, si lo maltratan verbal o físicamente se puede convertir en el ser más vengativo que uno pueda imaginarse y procurará hacer la vida imposible a la familia. Encontraremos varios ejemplos de este proceder, muy característico de todos los «elementales», siendo el más extremo el del Gorri Txiqui vasco.
  2. Este desmedido afecto por algunas familias, que les obliga a seguirlas, es lo que ha provocado la extensión y difusión de los duendes por zonas de España poco recomendables y propicias para ellos a priori, al estar exentas de las características de sus hábitats de origen, o sea, de vegetación y frondosidad, pero lo cierto es que evolucionaron y se acomodaron con mucha rapidez a los cambios sufridos y hoy podemos hablar de duendes, en sus más diversas, categorías, repartidos por toda la geografía española (así como por la del resto de Europa e Hispanoamérica) con la utilización de este singular método.
  3. La distribución geográfica de las apariciones de duendes en España es bastante curiosa, pues, por lo general, van disminuyendo en dirección Norte a Sur, así como de Este a Oeste. En las zonas megalíticas costeras y en los litorales son, generalmente, mucho más abundantes, siendo más pobres, en cuanto a sus leyendas, en las dos mesetas centrales, en Aragón y La Rioja. Esta singularidad geográfica es muy similar respecto al resto de seres sobrenaturales, especialmente de las hadas.

lunes, 30 de enero de 2017

Bwbach Llwyd

Es este un duendecillo cuyas ropas son siempre de color marrón, el mismo color que luce su gorro puntiagudo. Este duendecillo se aparecía en los países del norte de Europa durante el día, a los viajeros solitarios cuando cruzaban un sendero montañoso. Se aparecía en forma de un rústico, llevando un cayado de pastor. De manera invariable, caminaba delante del viajero, de espaldas a éste, aunque nunca por el trazado sendero, sino que se mantenía paralelamente al camino, y de forma gradual iba desviando al viajero de su senda. Cuando lo había desviado lo suficiente, desaparecía súbitamente detrás de un muro o unos matorrales, dejando al burlado viajero presa de una gran perplejidad y totalmente desorientado.

Algunas veces este duende descendía de los montes a las cañadas y barrancos, y caminaba a lo largo de las cercas de los prados y las eras, o bien de los caminos, y de cuando en cuando asomaba la cabeza por encima de un seto, para mirar el sendero. Por eso, los padres prudentes advertían a sus hijos que no se demorasen en sus cometidos, por temor a ser vistos por ese temible duendecillo marrón.


sábado, 14 de enero de 2017

Los Duendes

Con este nombre se designan en las tradiciones populares a unos seres fantásticos, enanos o de pequeña estatura, si bien ésta, según la fantasía popular, es una simple apariencia que los duendes cambian a voluntad. Se les considera como seres intermedios entre los espíritus y los hombres, y con poderes sobrenaturales, comos los que se atribuyen a los hechicheros y a las brujas. Este poder mágico les permite adoptar diferentes formas o comunicarlas a los mortales, y hacerse invisibles, con una capa, un sombrero o cualquier prenda u objeto. Viven en comunidad, ocupados con preferencia en la metalurgia, como los gnomos o kobolds de la mitología germánica, o permanecen aislados como en el leprecham irlandés.

La habilidad metalúrgica que se les atribuye se explica por lo misterioso de este arte en las primeras edades de la humanidad, y porque se supone que lo duendes viven, en general, bajo tierra, de donde se extraen los metales.

En el Edda se distinguen dos clases: los duendes blancos o liozalfar, que viven sobre la tierra, y los negros o dackalfar, que habitan en viviendas subterráneas. El país habitado por ellos se ha situado en diversos lugares. En Irlanda se identificaba con los montículos funerarios conocidos por sid, y Gervasio de Tilbury dice que se entraba a dicho país por un pasaje subterráneo. En otras tradiciones el país de los duendes está en islas fabulosas o en las aguas de ciertos ríos, lagos o mares, y en accesible por pozos o por excavaciones profundas. También se ha representado este país como íntimamente unido al nuestro, pero invisible a los mortales. Los salvajes de las islas Fidji creen en duendes del mar, a los que rinden culto secreto, mientras en Nueva Guinea suponen que existe un pueblo subterráneo habitado por los duendes, semejante al inghal de Nueva Bretaña, y como él maléfico y peligroso. En cambio, los célebres jiun o jan de los árabes, mencionados ya en Las mil y una noches, también invisibles, viajan en las nubes tempestuosas de arena y sólo se les puede dominar por el hierro o con la evocación de nombres divinos; el pueblo, para congraciarse con ellos, los llama mubarakin o «los benditos».

Los duendes son hermosos y bien proporcionados, como los de algunas leyendas españolas, o feos, y en ocasiones contrahechos, como los kobolds germánicos; sus vestidos son verdes, rojos o pardos, como los de los gnomos, o grises, como en las leyendas alemanas. Tienen gran afición a la música, al canto y al baile, a los que se dedican durante la noche, y en ocasiones engañan a los mortales llevándolos a sus danzas nocturnas o arrastrándolos a su reino. Si se les hace algún daño son vengativos y crueles, y golpean, hacen tropezar y caer al que los ha molestado o le producen graves enfermedades o la muerte.

Roban el ganado, dejando en su lugar otro ilusorio, y en ocasiones hacen caminar a los mortales durante la noche, recorriendo largas distancias y hasta sirviéndoles de cabalgadura, cuando no los atormentan de diversos modos. Desaparecen con el alba, disgustándoles que los sorprendan los mortales, a los que en tal caso embrujan, ofuscan o ciegan.

En uno de sus Caprichos pone Goya el siguiente comentario a la escena por él representada: «Luego amanece huyen, cada cual por su lado, brujas, duendes, visiones y fantasmas».

Se les atribuye la facultad de dar ilusorias apariencias de un gran valor a objetos de materias despreciables, y de aquí el misterioso oro de los duendes, y asimismo se les achaca un prodigioso conocimiento de los poderes de la Naturaleza, que les permite adivinar dónde se encuentran las cosas desaparecidas y descubrir las invisibles. En los países celto-teutónicos se les atribuyen ciertas torres misteriosamente iluminadas de noche, y se cree que son obra suya los túmulos y demás monumentos funerarios, más o menos toscos, suponiéndolos sucesores de los muertos los llamados hangbuye en los países escandinavos y vazimba en Madagascar. Análoga creencia aparece en los pueblos teutónicos, donde el divergar está íntimamente relacionado con el nair o fantasma.

Su existencia es, según las leyendas, más dilatada que la de los humanos, y procuran reproducir su raza, ya robando niños, ya muchachas jóvenes para unirse con ellas, o bien haciendo que las mujeres que crían amamanten a sus hijos, suplantando en tal caso al niño con un duendecillo.

No siempre los duendes se entretienen en jugar malas pasadas y causar daño graves a las gentes; hay otros cuyas jugarretas no tienen graves consecuencias, limitándose a dar formas risibles o ridículas, pero transitorias a aquel que los trata mal; a cambiar de sitio los muebles, o a echarlos fuera de casa, como el poltergeist alemán, que además enciende el fuego, echa llamas por el aire o toca la cara del burlado con su mano fría como el hielo. Leyendas semejantes se encuentran en el mediodía de Francia y en Cataluña, atribuidas a los follets. Para preservarse de los duendes maléficos o burlones se recomiendan varios artificios, en los que figuran, entre otras cosas, el hierro, la escoba y el agua corriente. Los duendes, en cambio, asisten en ocasiones a los mortales en sus quehaceres o apuros, y son muy generosos, contentándose con poco, como el duende doméstico, que se satisface con una escudilla de leche. Este duende, mencionado ya en el siglo XIII por Gervasio de Tilbury, habita en la casa o el establo y es enemigo de la pereza, trabajando a favor del amo de la casa que habita, sin recibir más recompensa que una capa o un sombrero nuevo, a lo sumo, al cabo del año.


Goya, interpretando las creencias populares, dice de estos duendes, comentando un aguafuerte de sus Caprichos: «Los duendecitos son la gente más hacedora y servicial que puede hallarse; como la criada los tenga contentos, espuman la olla, cuecen la verdura, friegan, barren y acallan al niño». En este sentido, el duende doméstico tiene sus analogías con los lares romanos, con los griegos theoi ephestioi, el italiano lacio y el eslavo dedushka domovaj o abuelo de la casa.

Este mito se supone relacionado con los enterramientos domésticos, tal como los practicaban los primitivos pueblos micénicos y semitas, además de los indios. El duende doméstico toma, en ciertas leyendas, la forma de un animalito, como, por ejemplo, una serpiente (genius loci, de los romanos). Los chuds del norte tienen también sus espíritus domésticos y lo propio ocurre con los lituanos, que los llaman kaukas y los suecos tomse o nisasart. Por esto quizá la superstición de los duendes tiene íntimas analogías con el culto a los muertos, las leyendas de las hadas y las brujas y la meteorología mitológica.

La creencia en tales seres parece ser principalmente céltica y teutónica, pero existe igualmente en pueblos eslavos y latinos y en los países más remotos. La pequeña estatura que en general se les atribuye se relaciona con su semejanza con las almas de los muertos, representadas en la antigua cerámica griega como diminutos hombrecillos, lo mismo que en los bajorrelieves egipcios y en el Mahabharata de la India. En Sumatra, los battaks creen en enanos de las montañas que se llevan hombres y mujeres; en Formosa se relatan maravillosas leyendas de hombrecillos de las selvas que causan la muerte o graves enfermedades, y lo mismo ocurre en Thailandia con los phi. En África, los bagandas creen en duendes, a los que llaman ugagw, y los bantús en los asikis, duendes que aparecen de noche conduciendo una vaca que confiere eterna riqueza al que puede apoderarse del codiciable animal. Los malagasi creen, a su vez, en enanos llamados kately, duendes domésticos de vocecilla débil como la de un pájaro, que ayudan en las faenas caseras, y análogas creencias se encuentran entre los pieles rojas, donde los chochones suponen que hay duendes que roban niños; los ojiwas, que les arrojan piedras; los nircmacs que les atan cuando duermen, y los muesquakie, que les inspiran riñas y melancolía.

También los esquimales creen en el ingnersiut y en la Polinesia en los ponatui y los vius, sencillos duendes a los que se engaña fácilmente.

Por su estatura y atribuciones se ha supuesto si serían formas de degeneración de antiguas divinidades, como los dasine sidue irlandeses y los pliscas de la Galia celta, puesto que los romanos también tuvieron sus luinuti dei.

Otros autores opinan que los duendes representaban una raza pequeña y desposeída por conquistadores de mayor estatura, y así se ha supuesto que los feiun de Irlanda, transformados en duendes por la fantasía popular, no eran más que los aborígenes fineses, despojados de sus tierras por los celtas. Otros mitólogos han expuesto la teoría de que los duendes eran un recuerdo de las tradiciones titulares, de una raza neolítica precaria, pero tal hipótesis no se ha comprobado.

También se ha considerado a los duendes como espíritus de la Naturaleza, entre los árboles y los bosques, como el rumano masau padura o el eslavo ljesyj, que viven en el agua como los meri-manni y mix teutónicos y celtas, o con formas de animales, como los kolpie, afauac, cach y nisge.

En Francia, a los duendecillos los llaman lutin, y según la tradición, viven cerca de las aguas estancadas o en cuevas montañosas. Asimismo, viajan a campo través, o habitan en los dólmenes y menhires. También hay lutins en Rusia.

En España y Portugal existen numerosas leyendas referentes a los duendes, particularmente en relación con sus travesuras, siendo una de ellas enredar el cabello de dos personas que duermen juntas, como marido y mujer, con lo que al despertarse tendrán grandes dificultades para desenmarañar sus cabelleras, con gran regocijo del duendecillo autor de la hazaña, que puede contemplar la escena disimulado detrás de un mueble o una cortina.

William Shakespeare inmortalizó el duendecillo que desde entonces se ha convertido en el más popular de todos, el travieso Puck, que interviene eficazmente con sus engaños y travesuras en la "El sueño de una noche de verano".

Otro de los duendecillos más traviesos que se conocen es el servan, que habita en Suiza y el norte de Italia. El servan es ladrón, y suele robar los objetos domésticos más necesarios, como tijeras, alfileres, gafas, plumas o cubiertos de mesa. Y cuando la gente se vuelve loca buscando los objetos «perdidos», el servan se congestiona de risa. Por supuesto, los objetos reaparecen siempre, pero en los lugares más insospechados; por ejemplo, las cucharas pueden estar en una caja de zapatos, las tijeras en el lavadero, y las gafas en el bolsillo de un ciego. Así se divierte, el travieso servan.

En cambio, cuando se halla de buen humor, ayuda en las labores hogareñas, y su magia es eficaz para lograr buenas cosechas. Como pago a su trabajo se conforma con un plato de sopa o unas natillas, que hay que dejar todas las noches en el tejado de la casa.

Su estatura es de unos 35 cm, viste de colorado y su rostro es el de un niño travieso. A veces aparece bajo la figura de una cabra o un perro.

El servan también vive en los Pirineos vascos. Allí, un servan se divertía convirtiendo el vino de un tabernero en agua, por lo que el buen hombre se desesperaba continuamente. Finalmente, el tabernero tomó la costumbre de dejar todas las noches un vaso de vino tinto en el tejado de la taberna... y a partir de entonces, el servan no sólo dejó de convertir el vino en agua sino que ayudó al tabernero a barrer y fregar el local todas las noches después de cerrar.

El monaciello es un duendecillo italiano que se viste de fraile y comete mil travesuras llevando su disfraz. Tira piedras, roba gallinas, llama a los timbres cuando la gente duerme... También puede tomas la forma de un gato. Solamente están tranquilos si a su lado se coloca un cedazo, ya que son tan curiosos y tan torpes con la aritmética, que pasan días enteros intentando contar todos los agujeros, y mientras tanto se olvidan de gastar bromas.

Estos monaciellos miden menos de 25 cm de estatura, y llevan una caperuza dos veces mayor que ellos.