jueves, 18 de enero de 2018

El Vampirismo

Mucho se ha escrito sobre el vampirismo y los vampiros, muchas películas se han apoyado en este tema, especialmente recurriendo al conde Drácula, cuya fama hizo imperecedera el genio del escritor Bram Stoker, utilizando un nombre auténtico para pergeñar una teoría completa sobre el vampirismo.

Pero aquí, y antes de iniciar este apartado sobre los vampiros, hay que preguntar: ¿existen realmente los vampiros?


Naturalmente, no nos referimos a esa especie de murciélagos (de los cuales procede el nombre) llamados vampiros, que habitan en las cavernas, preferentemente en América del Sur, y que es fama que chupan la sangre de sus víctimas. Lo cierto es que se alimentan de insectos, por lo que hasta cierto punto sí tragan sangre y células vivas.

No, aquí hemos de tratar de los vampiros humanos. Y preguntamos: ¿existen acaso? Pues sí, por desgracia existen realmente... aunque no de acuerdo con la tradición (o al menos, no hay prueba alguna que lo demuestre) clásica, es decir, el muerto-vivo, que de noche abandona su tumba para chupar la sangre de sus congéneres y de este modo, convertir en vampiros como él a quienes succiona en su sed de sangre.

No existe ese vampiro al que se exorcisa con ajos, con un crucifijo y con otras prácticas en las que creían las gentes ignorantes y crédulas de otros tiempos.

Pero sí han existido, y existen, auténticos vampiros humanos, sedientos de sangre que, juntando casi siempre esta sed con ansias maníaco-sexuales, han causado centenares de víctimas inocentes entre la Humanidad.

Repitamos la pregunta formulada en la Introducción a este post: ¿existe realmente el vampirismo? ¿Existen los no-muertos, que salen de sus tumbas en las noches de luna llena, para alimentarse con la sangre de los mortales, a los que con este acto convierten a su vez en nuevos vampiros no-muertos?

En realidad, jamás se ha comprobado este extremo, y no sólo eso sino que la mera idea de los muertos o no-muertos abandonando sus tumbas resulta risible a todas luces.

Sin embargo, entre los animales, las prácticas de vampirismo existen con toda realidad. Las sanguijuelas, por ejemplo, se usaban en tiempos no demasiado remotos para aliviar a los enfermos, chupándoles la sangre. Las alimañas se excitan ante el olor de la sangre, y es sabido que ningún domador debe penetrar en la jaula de sus fieras con una herida sangrante en su mano.

Un galgo, uno de los perros más inteligentes que se conocen, se excita terriblemente a la vista de la sangre, y aunque el que sangre sea su amo, podría destrozarlo caso de poder abalanzarse sobre él.

Los insectos, minúsculos animales de la Naturaleza, pican al hombre o a otros animales mayores, para chupar una gota de su sangre. En las ceremonias vudú la sangre es el principal elemento, y los asistentes suelen beber la sangre del cordero o la gallina decapitados.

Y el hombre, que no se considera vampiro, ¡ingiere la sangre de ciertos animales (corderos, cerdos,etc), convertida en manjares fritos, asados... y, naturalmente, sin la menor repugnancia!

Por consiguiente, el vampirismo, aunque no en la forma clásica que se achaca a esta práctica, existe realmente. Claro que el auténtico vampirismo, el practicado por ciertos seres anómalos, dista mucho de ser una práctica general, ni siquiera alentada por la misma Naturaleza, como en el caso de las alimañas y los insectos.

Próximamente expondré una serie de casos de vampirismo, algunos de ellos relacionados con la necrofilia y la necrofagia, que en modo alguno constituye una afirmación de lo que el refrán popular: "La excepción confirma la regla".

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