miércoles, 16 de agosto de 2017

Verdad y leyenda del conde Drácula

El conde Drácula es, sin duda alguna, el vampiro más popular entre todos los conocidos desconocidos de todos los tiempos, desde las épocas más remotas.

¿A qué debe su popularidad el conde Drácula? Sólo a un escritor, aficionado a los temas parapsicológicos, a la brujería y, naturalmente, al vampirismo. Este escritor se llamó Bram Stoker, y aunque escribió otros muchos libros y relatos cortos, algunos de ellos sobre el mismo tema y otros semejantes, ha pasado a la posterioridad por una sola de sus obras: Drácula.

Bram Stoker, para pergeñar su Drácula se sirvió de un personaje histórico, nacido en Transilvania, y cuyo castillo (¿el auténtico o no?) y los parajes donde al parecer discurrió la mayor parte de la existencia del tristemente célebre conde Drácula, son hoy día objeto de peregrinación por parte de los aficionados a estos temas.

Pero, ¿quién fue en realidad el conde Drácula? Para saberlo, recurramos a la Historia.

Según todas las versiones más o menos veraces, el conde Drácula, de nombre Vlad, era el descendiente de una noble familia de Transilvania, allá por el siglo XIII. Poseedor de un castillo, encaramado en lo alto de una montaña, como se construían los castillos en la Edad Media, todas las tierras que desde aquel alto mirador se atalayaban eran de su propiedad.

El conde, lo mismo que sus antecesores, era de índole cruel, al menos con sus vasallos, a los que trataba peor que a esclavos, a los que azotaba cuando era su gusto y su conveniencia por la más mínima falta… o por su capricho.

El conde era de elevada estatura, cetrino, de larga cabellera, rostro enjuto y, rasgo especial, tenía unos ojos vidriosos, sumamente relucientes, que en la oscuridad brillaban como los de un gato. Y este aspecto, como es natural, sirvió para aumentar el terror que inspiraba a cuantos le veían.

Por otra parte, el conde gustaba también de las jovencitas de la región, que de acuerdo con las leyes de la época y con sus propios reglamentos, la pertenecían en cuerpo y alma. Y así fue cómo en aquella zona empezaron a desaparecer doncellas, que jamás fueron vistas de nuevo. Sin embargo, los atemorizados padres de tales inocentes víctimas no se atrevían a protestar ni a iniciar indagatoria alguna, puesto que sabían que la venganza del conde habría sido terrible.

En realidad, lo fue en varias ocasiones cuando, por cuestiones nimias hizo empalar a unos servidores, cosa que hallándose de su agrado repitió varias veces.

¿Cómo, os preguntaréis, la justicia no intervino para impedir tales desmanes? ¿Por qué el conde Drácula pudo seguir entregado a sus crueldades y abominaciones?

La respuesta es muy sencilla:

Vlad, señor de Valaquia, conde Drácula, era un héroe nacional.

En efecto, combatió denodadamente en favor de la liberación de su patria, fue herido en varias ocasiones, y sus hazañas bélicas obtuvieron el beneplácito del rey, que le condecoró y tuvo siempre en gran estima.

Por esto, el feroz conde Drácula consiguió librarse de las garras de la justicia, aunque vivió siempre odiado por sus servidores. La desaparición de las jóvenes, los empalamientos y, sobre todo, el aspecto de Drácula, ayudaron a crear una leyenda que ha llegado hasta nuestros días.

Hasta aquí la historia. A continuación se forjó la leyenda del conde Drácula, en la que se inspiró Bram Stoker para su famosa novela, en la que indudablemente grabó de manera indeleble todas las supersticiones y tradiciones que rodean a los presuntos vampiros.

En efecto, los vampiros no-muertos:
  • Sólo pueden abandonar sus tumbas a la luz de la luna, debiendo regresar a las mismas antes de la salida del sol.
  • No pueden penetrar en una casa si no son invitados “voluntariamente” a ello.
  • Sólo pueden “dormir” en los ataúdes que contengan tierra de su patria natal.
Por otra parte, para ahuyentar a los maléficos vampiros, es preciso proveerse de un crucifijo; de varias ramitas de muérdago (hay que tener en cuenta que esta planta desempeñó un gran papel en la brujería) y, a ser posible, una ristra de cabezas de ajo; también sirven para este fin los rosarios, los escapularios y hasta las imágenes sagradas de Dios y la Virgen.

¿Cómo hay que matar a un vampiro? Cortándole la cabeza y clavándole una estaca en el corazón. Solo así y al instante, el vampiro se desintegra, convirtiéndose en cenizas.

Cuando un vampiro ataca a un ser humano hincándole los colmillos en la garganta, precisamente en la yugular, el mordido se convertirá a su vez en vampiro, languidecerá y morirá pronto… sediento de sangre, por lo que también por las noches saldrá de su tumba y atacará a los demás mortales, con especial predilección por los miembros vivos de su familia.

¿Cómo se han ido forjando estas supersticiones? Como todas las demás… al correr de los tiempos. ¿Se apoyan en algún fundamento real? Esto es lo que seguramente jamás sabremos.

Y a continuación transcribiré unos breves fragmentos de la novela imaginada por Bram Stoker, que elevó la categoría de los simples vampiros a la de “no-muertos”, o Nosferatus, seres que, después de sufrir una muerte ficticia, resucitan todas las noches de sus tumbas para alimentarse con la sangre de otros seres humanos, a los que a su vez convierten en presuntos vampiros.

Ya se observó que Bram Stoker introdujo en su novela el elemento sexual en relación con la succión de sangre, lo que hasta cierto punto constituye una novedad en el vampirismo de leyenda, no así en el humano, puesto que, como hemos visto, en casi todos los casos de vampirismo y necrofilia, la sexualidad es el motor que impulsa tan reprobables acciones.

Sin embargo, casi puede asegurarse que uno de los factores que más contribuyeron al éxito literario de Drácula fue precisamente esa sexualidad soterrada que fluye a lo largo de todo el relato.

El fragmento que sigue forma parte del Diario del doctor Seward, uno de los protagonistas de la novela (que como es sabido es narrada mediante la intercalación de fragmentos de los Diarios llevados por diversos personajes que intervienen en la trama, o bien por sus cartas).


«3 de octubre —El tiempo nos pareció extremadamente largo mientras esperábamos a Arthur y a Quincey Morris. El profesor trataba de mantenernos distraídos, utilizando nuestras mentes sin descanso. Comprendí perfectamente cuál era el benéfico objetivo que perseguía con ello por las miradas que lanzaba de vez en cuando a Harker. El pobre hombre está abrumado por una tristeza que da dolor. Anoche era un hombre franco, de aspecto alegre, de rostro joven y fuerte, lleno de energía y con el cabello de color castaño oscuro. Hoy, parece un anciano macilento y enjuto, cuyo cabello blanco se adapta muy bien a sus ojos brillantes y profundamente hundidos en sus cuencas y con sus rasgos faciales marcados por el dolor. Su energía permanece todavía intacta, en realidad, es como una llama viva. Eso puede ser todavía su salvación, puesto que, si todo sale bien, le hará remontar el período de desesperación; entonces, en cierto modo, volverá a despertar a las realidades de la vida. ¡Pobre tipo! Pensaba que mi propia desesperación y mis problemas eran suficientemente graves; pero ¡esto…! El profesor lo comprende perfectamente y está haciendo todo lo que está en su mano por mantenerlo activo. Lo que estaba diciendo era, bajo las circunstancias, de un interés extraordinario. Estas fueron más o menos sus palabras:

—He estado estudiando, de manera sistemática y repetida, desde que llegaron a mis manos, todos los documentos relativos a ese monstruo, y cuanto más lo he examinado tanto mayor me parece la necesidad de borrarlo de la faz de la tierra. En todos los papeles hay señales de su progreso; no solamente de su poder, sino también de su conocimiento de ello. Como supe, por las investigaciones de mi amigo Arminius de Budapest, era, en vida, un hombre extraordinario. Soldado, estadista y alquimista…, cuyos conocimientos se encontraban entre los más desarrollados de su época. Poseía una mente poderosa, conocimientos incomparables y un corazón que no conocía el temor ni el remordimiento. Se permitió incluso asistir a la Escolomancia, y no hubo ninguna rama del saber de su tiempo que no hubiera ensayado. Bueno, en él, los poderes mentales sobrevivieron a la muerte física, aunque parece que la memoria no es absolutamente completa. Respecto a algunas facultades mentales ha sido y es como un niño, pero está creciendo y ciertas cosas que eran infantiles al principio, son ahora de estatura de hombre. Está experimentando y lo está haciendo muy bien, y a no ser porque nos hemos cruzado en su camino, podría ser todavía, o lo será si fracasamos, el padre o el continuador de seres de un nuevo orden, cuyos caminos conducen a través de la muerte, no de la vida.

Harker gruñó, y dijo:

—¡Y todo eso va dirigido contra mi adorada esposa! Pero ¿cómo está experimentando? ¡El conocimiento de eso puede ayudarnos a destruirlo!

—Desde su llegada ha estado ensayando sus poderes sin cesar, lenta y seguramente; su gran cerebro infantil está trabajando, puesto que si se hubiera podido permitir ensayar ciertas cosas desde un principio, hace ya mucho tiempo que estarían dentro de sus poderes. Sin embargo, desea triunfar, y un hombre que tiene ante sí puede ser muy bien su lema.

—No lo comprendo —dijo Harker cansadamente—. Sea más explícito, por favor. Es posible que el sufrimiento y las preocupaciones estén oscureciendo mi entendimiento. El profesor le puso una mano en el hombro y le dijo:

—Muy bien, amigo mío, voy a ser más explícito. ¿No ve usted cómo, últimamente, ese monstruo ha adquirido conocimientos de manera experimental? Ha estado utilizando al paciente zoófago para lograr entrar en la casa del amigo John. El vampiro, aunque después puede entrar tantas veces como lo desee, al principio solamente puede entrar en un edificio si alguno de los habitantes así se lo pide. Pero esos no son sus experimentos más importantes. ¿No vimos que al principio todas esas pesadas cajas de tierra fueron desplazadas por otros? No sabía entonces a qué atenerse, pero, a continuación, todo cambió. Durante todo este tiempo su cerebro infantil se ha estado desarrollando, y comenzó a pensar en si no podría mover las cajas él mismo. Por consiguiente, más tarde, cuando descubrió que no le era difícil hacerlo, trató de desplazarlas solo, sin ayuda de nadie. Así progresó y logró distribuir sus tumbas, de tal modo que sólo él conoce ahora el lugar en dónde se encuentran. Es posible que haya pensado en enterrar las cajas profundamente en el suelo de tal manera que solamente las utilice durante la noche o en los momentos en que puede cambiar de forma; le resulta igualmente conveniente, ¡y nadie puede saber dónde se encuentran sus escondrijos! ¡Pero no se desesperen, amigos míos, adquirió ese conocimiento demasiado tarde! Todos los escondrijos, excepto uno, deben haber sido esterilizados ya, y antes de la puesta del sol lo estarán todos. Entonces, no le quedará ningún lugar donde poder esconderse. Me retrasé esta mañana para estar seguro de ello. ¿No ponemos en juego nosotros algo mucho más preciado que él? Entonces, ¿por qué no somos más cuidadosos que él? En mi reloj veo que es ya la una y, si todo marcha bien, nuestros amigos Arthur y Quincey deben estar ya en camino para reunirse con nosotros. Hoy es nuestro día y debemos avanzar con seguridad, aunque lentamente y aprovechando todas las oportunidades que se nos presenten. ¡Vean! Seremos cinco cuando regresen nuestros dos amigos ausentes.

Mientras hablábamos, nos sorprendimos mucho al escuchar una llamada en la puerta principal de la casona: la doble llamada del repartidor de mensajes telegráficos. Todos salimos al vestíbulo al mismo tiempo, y van Helsing, levantando la mano hacia nosotros para que guardáramos silencio, se dirigió hacia la puerta y la abrió. Un joven le tendió un telegrama. El profesor volvió a cerrar la puerta y, después de examinar la dirección, lo abrió y leyó en voz alta: “Cuidado con D. Acaba de salir apresuradamente de Carfax en este momento, a las doce cuarenta y cinco, y se ha dirigido rápidamente hacia el sur. Parece que está haciendo una ronda y es posible que desee verlos a ustedes. Mina”.

Se produjo una pausa, que fue rota por la voz de Jonathan Harker.

—¡Ahora, gracias a Dios, pronto vamos a encontrarnos! Van Helsing se volvió rápidamente hacia él, y le dijo:

—Dios actuará a su modo y en el momento que lo estime conveniente. No tema ni se alegre todavía, puesto que lo que deseamos en este momento puede significar nuestra destrucción.

—Ahora no me preocupa nada —dijo calurosamente—, excepto el borrar a esa bestia de la faz de la tierra. ¡Sería capaz de vender mi alma por lograrlo!

—¡No diga usted eso, amigo mío! —dijo van Helsing—. Dios en su sabiduría no compra almas, y el diablo, aunque puede comprarlas, no cumple su palabra. Pero Dios es misericordioso y justo, y conoce su dolor y su devoción hacia la maravillosa señora Mina, su esposa. No temamos ninguno de nosotros; todos estamos dedicados a esta causa, y el día de hoy verá su feliz término. Llega el momento de entrar en acción; hoy, ese vampiro se encuentra limitado con los poderes humanos y, hasta la puesta del sol, no puede cambiar. Tardará cierto tiempo en llegar… Es la una y veinte…, y deberá pasar un buen rato antes de que llegue. Lo que debemos esperar ahora es que lord Arthur y Quincey lleguen antes que él.

Aproximadamente media hora después de que recibiéramos el telegrama de la señora Harker, oímos un golpe fuerte y resuelto en la puerta principal, similar al que darían cientos de caballeros en cualquier puerta. Nos miramos y nos dirigimos hacia el vestíbulo; todos estábamos preparados para usar todas las armas de que disponíamos…, las espirituales en la mano izquierda y las materiales en la derecha. Van Helsing retiró el pestillo y, manteniendo la puerta entornada, dio un paso hacia atrás, con las dos manos dispuestas para entrar en acción. La alegría de nuestros corazones debió reflejarse claramente en nuestros rostros cuando vimos cerca de la puerta a lord Arthur y a Quincey Morris. Entraron rápidamente y cerraron la puerta tras ellos, y el último de ellos dijo, al tiempo que avanzábamos todos por el vestíbulo:

—Todo está arreglado. Hemos encontrado las dos casas. ¡Había seis cajas en cada una de ellas, y las hemos destruido todas!

—¿Las han destruido? —inquirió el profesor.

—¡Para él! Guardamos silencio unos momentos y, luego, Quincey dijo:

—No nos queda más que esperar aquí. Sin embargo, si no llega antes de las cinco de la tarde, tendremos que irnos, puesto que no podemos dejar sola a la señora Harker después de la puesta del sol.

—Ya no tardará mucho en llegar aquí —dijo van Helsing, que había estado consultando su librito de notas—.

En el telegrama de la señora Harker decía que había salido de Carfax hacia el sur, lo cual quiere decir que tenía que cruzar el río y solamente podría hacerlo con la marea baja, o sea, poco antes de la una. El hecho de que se haya dirigido hacia el sur tiene cierto significado para nosotros. Todavía sospecha solamente, y fue de Carfax al lugar en donde menos puede sospechar que pueda encontrar algún obstáculo. Deben haber estado ustedes en Bermondsey muy poco rato antes que él. El hecho de que no haya llegado aquí todavía demuestra que fue antes a Mile End. En eso se tardará algún tiempo, puesto que tendrá que volver a cruzar el río de algún modo. Créanme, amigos míos, que ahora ya no tendremos que esperar mucho rato. Tenemos que tener preparado algún plan de ataque, para que no desaprovechemos ninguna oportunidad. Ya no tenemos tiempo. ¡Tengan todos preparados las armas! ¡Manténganse alerta!

Levantó una mano, a manera de advertencia, al tiempo que hablaba, ya que todos pudimos oír claramente que una llave se introducía suavemente en la cerradura.

No pude menos que admirar, incluso en aquel momento, el modo como un espíritu dominante se afirma a sí mismo. En todas nuestras partidas de caza y aventuras de diversa índole, en varias partes del mundo, Quincey Morris había sido siempre el que disponía los planes de acción y Arthur y yo nos acostumbramos a obedecerle de manera implícita. Ahora, la vieja costumbre parecía renovarse instintivamente. Dando una ojeada rápida a la habitación, estableció inmediatamente nuestro plan de acción y, sin pronunciar ni una sola palabra, con el gesto, nos colocó a todos en nuestros respectivos puestos. Van Helsing, Harker y yo estábamos situados inmediatamente detrás de la puerta, de tal manera que, en cuanto se abriera, el profesor pudiera guardarla, mientras Harker y yo nos colocaríamos entre el recién llegado y la puerta. Arthur detrás y Quincey enfrente, estaban dispuestos a dirigirse a las ventanas, escondidos por el momento donde no podían ser vistos. Esperamos con una impaciencia tal que hizo que los segundos pasaran con una lentitud de verdadera pesadilla. Los pasos lentos y cautelosos atravesaron el vestíbulo… El conde, evidentemente, estaba preparado para una sorpresa o, al menos, la temía.

Repentinamente, con un salto enorme, penetró en la habitación, pasando entre nosotros antes de que ninguno pudiera siquiera levantar una mano para tratar de detenerlo. Había algo tan felino en el movimiento, algo tan inhumano, que pareció despertarnos a todos del choque que nos había producido su llegada.

El primero en entrar en acción fue Harker, que, con un rápido movimiento, se colocó ante la puerta que conducía a la habitación del frente de la casa. Cuando el conde nos vio, una especie de siniestro gesto burlón apareció en su rostro, descubriendo sus largos y puntiagudos colmillos; pero su maligna sonrisa se desvaneció rápidamente, siendo reemplazada por una expresión fría de profundo desdén. Su expresión volvió a cambiar cuando, todos juntos, avanzamos hacia él.

Era una lástima que no hubiéramos tenido tiempo de preparar algún buen plan de ataque, puesto que en ese mismo momento me pregunté qué era lo que íbamos a hacer. No estaba convencido en absoluto de si nuestras armas letales nos protegerían. Evidentemente, Harker estaba dispuesto a ensayar, puesto que y le lanzó al conde un tajo terrible. El golpe era poderoso; solamente la velocidad diabólica de desplazamiento del conde le permitió salir con bien. Un segundo más y la hoja cortante le hubiera atravesado el corazón. En realidad, la punta sólo cortó el tejido de su chaqueta, abriendo un enorme agujero por el que salieron un montón de billetes de banco y un chorro de monedas de oro.

La expresión del rostro del conde era tan infernal que durante un momento temí por Harker, aunque él estaba ya dispuesto a descargar otra cuchillada. Instintivamente, avancé, con un impulso protector, manteniendo el crucifijo y la Sagrada Hostia en la mano izquierda. Sentí que un gran poder corría por mi brazo y no me sorprendí al ver al monstruo que retrocedía ante el movimiento similar que habían hecho todos y cada uno de mis amigos. Sería imposible describir la expresión de odio y terrible malignidad, de ira y rabia infernales, que apareció en el rostro del conde.

Su piel cerúlea se hizo verde amarillenta, por contraste con sus ojos rojos y ardientes, y la roja cicatriz que tenía en la frente resaltaba fuertemente, como una herida abierta y palpitante. Un instante después, con un movimiento sinuoso, pasó bajo el brazo armado de Harker, antes de que pudiera éste descargar su golpe, recogió un puñado del dinero que estaba en el suelo, atravesó la habitación y se lanzó contra una de las ventanas. Entre el tintineo de los cristales rotos, cayó al patio, bajo la ventana. En medio del ruido de los cristales rotos, alcancé a oír el ruido que hacían varios soberanos al caer al suelo, sobre el asfalto. Nos precipitamos hacia la ventana y lo vimos levantarse indemne del suelo. Ascendió los escalones a toda velocidad, cruzó el patio y abrió la puerta de las caballerizas. Una vez allí, se volvió y nos habló:

—Creen ustedes poder confundirme… con sus rostros pálidos, como las ovejas en el matadero. ¡Ahora van a sentirlo, todos ustedes! Creen haberme dejado sin un lugar en el que poder reposar, pero tengo otros. ¡Mi venganza va a comenzar ahora! Ando por la tierra desde hace siglos y el tiempo me favorece. Las mujeres que todos ustedes aman son mías ya, y por medio de ellas, ustedes y muchos otros me pertenecerán también… Serán mis criaturas, para hacer lo que yo les ordene y para ser mis chacales cuando desee alimentarme.

¡Bah! Con una carcajada llena de desprecio, pasó rápidamente por la puerta y oímos que el oxidado cerrojo era corrido, cuando cerró la puerta tras él. Una puerta, más allá, se abrió y se cerró nuevamente. El primero de nosotros que habló fue el profesor, cuando, comprendiendo lo difícil que sería perseguirlo por las caballerizas, nos dirigimos hacia el vestíbulo.

—Hemos aprendido algo… ¡Mucho! A pesar de sus fanfarronadas, nos teme; teme al tiempo y teme a las necesidades. De no ser así, ¿por qué iba a apresurarse tanto? El tono mismo de sus palabras lo traicionó, o mis oídos me engañaron. ¿Por qué tomó ese dinero? ¡Van a comprenderme rápidamente! Son ustedes cazadores de una bestia salvaje y lo comprenden. En mi opinión, tenemos que asegurarnos de que no pueda utilizar aquí nada, si es que regresa.

Al hablar, se metió en el bolsillo el resto del dinero; tomó los títulos de propiedad del montoncito en que los había dejado Harker y arrojó todo el resto a la chimenea, prendiéndole fuego con un fósforo.

Arthur y Morris habían salido al patio y Harker se había descolgado por la ventana para seguir al conde. Sin embargo, Drácula había cerrado bien la puerta de las caballerizas, y para cuando pudieron abrirla, ya no encontraron rastro del vampiro.

Van Helsing y yo tratamos de investigar un poco en la parte posterior de la casa, pero las caballerizas estaban desiertas y nadie lo había visto salir. La tarde estaba ya bastante avanzada y no faltaba ya mucho para la puesta del sol. Tuvimos que reconocer que el trabajo había concluido y, con tristeza, estuvimos de acuerdo con el profesor, cuando dijo:

—Regresemos con la señora Mina… Con la pobre señora Harker. Ya hemos hecho todo lo que podíamos por el momento y, al menos, vamos a poder protegerla. Pero es preciso que no desesperemos. No le queda al vampiro más que una caja de tierra y vamos a tratar de encontrarla; cuando lo logremos, todo irá bien.

Comprendí que estaba hablando tan valerosamente como podía para consolar a Harker. El pobre hombre estaba completamente abatido y, de vez en cuando, gemía, sin poder evitarlo… Estaba pensando en su esposa.

Llenos de tristeza, regresamos a mi casa, donde hallamos a la señora Harker esperándonos, con una apariencia de buen humor que honraba su valor y su espíritu de colaboración. Cuando vio nuestros rostros, el suyo propio se puso tan pálido como el de un cadáver; durante uno o dos segundos permaneció con los ojos cerrados, como si estuviera orando en secreto y, después, dijo amablemente:

—Nunca podré agradecerles bastante lo que han hecho. ¡Oh, mi pobre esposo! —mientras hablaba, tomó entre sus manos la cabeza grisácea de su esposo y la besó—. Apoya tu pobre cabeza aquí y descansa. ¡Todo estará bien ahora, querido! Dios nos protegerá, si así lo desea.

El pobre hombre gruñó. No había lugar para las palabras en medio de su sublime tristeza.

Cenamos juntos sin apetito, y creo que eso nos dio ciertos ánimos a todos. Era quizá el simple calor animal que infunde el alimento a las personas hambrientas, ya que ninguno de nosotros había comido nada desde la hora del desayuno, o es probable que sentir la camaradería que reinaba entre nosotros nos consolara un poco, pero, sea como fuere, el caso es que nos sentimos después menos tristes y pudimos pensar en lo porvenir con cierta esperanza.

Cumpliendo nuestra promesa, le relatamos a la señora Harker todo lo que había sucedido, y aunque se puso intensamente pálida a veces, cuando su esposo estuvo en peligro, y se sonrojó otras veces, cuando se puso de manifiesto la devoción que sentía por ella, escuchó todo el relato valerosamente y conservando la calma. Cuando llegamos al momento en que Harker se había lanzado sobre el conde, con tanta decisión, se asió con fuerza del brazo de su marido y permaneció así, como si sujetándole el brazo pudiera protegerlo contra cualquier peligro que hubiera podido correr. Sin embargo, no dijo nada hasta que la narración estuvo terminada y cuando ya estaba al corriente de todo lo ocurrido hasta aquel preciso momento, entonces, sin soltar la mano de su esposo, se puso en pie y nos habló. No tengo palabras para dar una idea de la escena. Aquella mujer extraordinaria, dulce y buena, con toda la radiante belleza de su juventud y su animación, con la cicatriz rojiza en su frente, de la que estaba consciente y que nosotros veíamos apretando los dientes… al recordar dónde, cuándo y cómo había ocurrido todo; su adorable amabilidad que se levantaba contra nuestro odio siniestro; su fe tierna contra todos nuestros temores y dudas. Y sabíamos que, hasta donde llegaban los símbolos, con toda su bondad, su pureza y su fe, estaba separada de Dios.

—Jonathan —dijo, y la palabra pareció ser música, por el gran amor y la ternura que puso en ella—, mi querido Jonathan y todos ustedes, mis maravillosos amigos, quiero que tengan en cuenta algo durante todo este tiempo terrible. Sé que tienen que luchar…, que deben destruir incluso, como destruyeron a la falsa Lucy, para que la verdadera pudiera vivir después; pero no es una obra del odio. Esa pobre alma que nos ha causado tanto daño, es el caso más triste de todos. Imaginen ustedes cuál será su alegría cuando él también sea destruido en su peor parte, para que la mejor pueda gozar de la inmortalidad espiritual. Deben tener también piedad de él, aun cuando esa piedad no debe impedir que sus manos lleven a cabo su destrucción.

Mientras hablaba, pude ver que el rostro de su marido se obscurecía y se ponía tenso, como si la pasión que lo consumía estuviera destruyendo todo su ser. Instintivamente, su esposa le apretó todavía más la mano, hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Ella no parpadeó siquiera a causa del dolor que, estoy seguro, debía estar sufriendo, sino que lo miró con ojos más suplicantes que nunca. Cuando ella dejó de hablar, su esposo se puso en pie bruscamente, arrancando casi su mano de la de ella, y dijo:

—¡Qué Dios me lo ponga en las manos durante el tiempo suficiente para destrozar su vida terrenal, que es lo que estamos tratando de hacer! ¡Si además de eso puedo enviar su alma al infierno ardiente por toda la eternidad, lo haré gustoso!

—¡Oh, basta, basta! ¡En el nombre de Dios, no digas tales cosas!, Jonathan, esposo mío, o harás que me desplome, víctima del miedo y del horror. Piensa sólo, querido…; yo he estado pensando en ello durante todo este largo día…, que quizá… algún día… yo también puedo necesitar esa piedad, y que alguien como tú, con las mismas causas para odiarme, puede negármela. ¡Oh, esposo mío! ¡Mi querido Jonathan! Hubiera querido evitarte ese pensamiento si hubiera habido otro modo, pero suplico a Dios que no tome en cuenta tus palabras y que las considere como el lamento de un hombre que ama y que tiene el corazón destrozado. ¡Oh, Dios mío! ¡Deja que sus pobres cabellos blancos sean una prueba de todo lo que ha sufrido, él que en toda su vida no ha hecho daño a nadie, y sobre el que se han acumulado tantas tristezas! Todos los hombres presentes teníamos ya los ojos llenos de lágrimas. No pudimos resistir, y lloramos abiertamente. Ella también lloró al ver que sus dulces consejos habían prevalecido. Su esposo se arrodilló a su lado y, rodeándola con sus brazos, escondió el rostro en los vuelos de su vestido.

Van Helsing nos hizo una seña y salimos todos de la habitación, dejando a aquellos dos corazones amantes a solas con su Dios.

Antes de que se retiraran a sus habitaciones, el profesor preparó la habitación para protegerla de cualquier incursión del vampiro, y le aseguró a la señora Harker que podía descansar en paz. Ella trató de convencerse de ello y, para calmar a su esposo, aparentó estar contenta. Era una lucha valerosa y quiero creer que no careció de recompensa. Van Helsing había colocado cerca de ellos una campana que cualquiera de ellos debía hacer sonar en caso de que se produjera cualquier eventualidad.

Cuando se retiraron, Quincey, Arthur y yo acordamos que debíamos permanecer en vela, repartiéndonos la noche entre los tres, para vigilar a la pobre dama y custodiar su seguridad. La primera guardia le correspondió a Quincey, de modo que el resto de nosotros debía acostarse tan pronto como fuera posible. Arthur se ha acostado ya, debido a que él tiene el segundo turno de guardia. Ahora que he terminado mi trabajo, yo también tengo que acostarme.»
A continuación otro fragmento de la misma obra, aquel en que matan al conde sus perseguidores, aunque Bram Stoker tuvo buen cuidado de no dar al conde por totalmente fallecido... tal vez en previsión de una segunda parte que jamás llegó a escribir. En este fragmento pueden apreciarse diversas supersticiones relacionadas con los no-muertos o vampiros legendarios.

Este fragmento forma parte del Diario de Mina Harker, la protagonista de la novela, amenazada constantemente por la lujuria desenfrenada y la ardiente sed de sangre del nefasto conde.

«6 de noviembre.—Estaba ya bastante avanzada la tarde cuando el profesor y yo nos pusimos en marcha hacia el este, por donde sabía yo que se estaba acercando Jonathan. No avanzamos rápidamente, debido a que el terreno era muy en pendiente y teníamos que llevar con nosotros pesadas pieles y abrigos, porque no deseábamos correr el riesgo de permanecer sin ropas calientes en medio del frío y de la nieve.

Además, tuvimos que llevarnos parte de nuestras provisiones, ya que estábamos en una comarca absolutamente desolada y, en toda la extensión que abarcaba nuestra mirada, sobre la nieve, no se veía ningún lugar habitado. Cuando hubimos recorrido aproximadamente kilómetro y medio, me sentí cansada por la pesada caminata, y me senté un momento a descansar. Entonces, miramos atrás y vimos el lugar en que el altivo castillo de Drácula destacaba contra el cielo, debido a que estábamos en un lugar tan bajo con respecto a la colina sobre la que se levantaba, que los Cárpatos se encontraban muy lejos detrás de él. Lo vimos en toda su grandeza, casi pendiente sobre un precipicio enorme, y parecía que había una gran separación entre la cima y las otras montañas que lo rodeaban por todos lados. Alcanzábamos a oír el aullido distante de los lobos. Estaban muy lejos, pero el sonido, aunque amortiguado por la nieve, era horripilante. Comprendí por el modo en que el profesor van Helsing estaba mirando a nuestro alrededor, que estaba buscando un punto estratégico en donde estaríamos menos expuestos en caso de ataque. El camino real continuaba hacia abajo y podíamos verlo a pesar de la nieve que lo cubría.

Al cabo de un momento, el profesor me hizo señas y, levantándome, me dirigí hacia él. Había encontrado un lugar magnífico; una especie de hueco natural en una roca, con una entrada semejante a una puerta, entre dos peñascos. Me tomó de la mano y me hizo entrar.

—¡Vea! —me dijo—. Aquí estará usted a salvo, y si los lobos se acercan, podrá recibirlos uno por uno.

Llevó al interior todas nuestras pieles y me preparó un lecho cómodo; luego, sacó algunas provisiones y me obligó a consumirlas. Pero no podía comer, e incluso el tratar de hacerlo me resultaba repulsivo; aunque me hubiera gustado mucho poder complacerlo, no pude hacerlo. Pareció muy entristecido. Sin embargo, no me hizo ningún reproche. Sacó de su estuche sus anteojos y permaneció en la parte más alta de la roca, examinando cuidadosamente el horizonte. Repentinamente, gritó:

—¡Mire, señora Mina! ¡Mire! ¡Mire!

Me puse en pie de un salto y ascendí a la roca, deteniéndome a su lado; me tendió los anteojos y señaló con el dedo. La nieve caía con mayor fuerza y giraba en torno nuestro con furia, debido a que se había desatado un viento muy fuerte. Sin embargo, había veces en que la ventisca se calmaba un poco y lograba ver una gran extensión de terreno. Desde la altura en que nos encontrábamos, era posible ver a gran distancia y, a lo lejos, más allá de la blanca capa de nieve, el río que avanzaba formando meandros, como una cinta negra, justamente frente a nosotros y no muy lejos…, en realidad tan cerca, que me sorprendió que no los hubiéramos visto antes, avanzaba un grupo de hombres montados a caballo, que se apresuraban todo lo que podían.

En medio de ellos llevaban una carreta, un vehículo largo que se bamboleaba de un lado a otro, como la cola de un perro, cuando pasaba sobre alguna desigualdad del terreno.

En contraste con la nieve, tal y como aparecían, comprendí por sus ropas que debía tratarse de campesinos o de gitanos. Sobre la carreta había una gran caja cuadrada, y sentí que mi corazón comenzaba a latir fuertemente debido a que presentía que el fin estaba cercano. La noche se iba acercando ya, y sabía perfectamente que, a la puesta del sol, la cosa que estaba encerrada en aquella caja podría salir y, tomando alguna de las formas que estaban en su poder, eludir la persecución. Aterrorizada, me volví hacia el profesor y vi consternada que ya no estaba a mi lado. Un instante después lo vi debajo de mí. Alrededor de la roca había trazado un círculo, semejante al que había servido la noche anterior para protegernos. Cuando lo terminó, se puso otra vez a mi lado, diciendo:

—Al menos, aquí no tenemos nada que temer de él.

Me tomó los anteojos de las manos, y al siguiente momento de calma recorrió con la mirada todo el terreno que se extendía a nuestros pies.

—Vea —dijo—: se acercan rápidamente, espoleando los caballos y avanzando tan velozmente como el camino se lo permite —hizo una pausa y, un instante después, continuó, con voz hueca—: Se están apresurando a causa de que está cerca la puesta del sol. Es posible que lleguemos demasiado tarde. ¡Que se haga la voluntad del Señor!

Volvió a caer otra vez la nieve con fuerza, y todo el paisaje desapareció. Sin embargo, pronto se calmó y, una vez más, el profesor escudriñó la llanura con ayuda de sus anteojos. Luego, gritó repentinamente:

—¡Mire! ¡Mire! ¡Mire! Vea: dos jinetes los siguen rápidamente, procedentes del sur. Deben ser Quincey y John. Tome los anteojos. ¡Mire antes de que la nieve nos impida ver otra vez! Tomé los anteojos y miré.

Los dos hombres podían ser el señor Morris y el doctor Seward. En todo caso, estuve que Jonathan no se encontraba lejos; mirando en torno mío, vi al norte del grupo que se acercaban otros dos hombres, que galopaban a toda la velocidad que podían desarrollar sus monturas. Comprendí que uno de ellos era Jonathan y, por supuesto, supuse que el otro debía ser Arthur. Ellos también estaban persiguiendo al grupo de la carreta. Cuando se lo dije al profesor, saltó de alegría, como un escolar y, después de mirar atentamente, hasta que otra ventisca de nieve hizo que toda visión fuera imposible, preparó su Winchester, colocándolo sobre uno de los peñascos, preparado para disparar.

—Están convergiendo todos —dijo—. Cuando llegue el momento, tendremos gitanos por todos lados.

Saqué mi revólver y lo mantuve a punto de disparar, ya que, mientras hablábamos, el aullido de los lobos sonó mucho más cerca. Cuando la tormenta de nieve se calmó un poco, volvimos a mirar. Era extraño ver la nieve que caía con tanta fuerza en el lugar en que nosotros nos encontrábamos y, un poco más allá, ver brillar el sol, cada vez con mayor intensidad, acercándose cada vez más a la línea de montañas. Al mirar en torno nuestro, pude ver manchas que se desplazaban sobre la nieve, solas, en parejas o en tríos y en grandes números… Los lobos se estaban reuniendo para atacar a sus presas.

Cada instante que pasaba parecía una eternidad, mientras esperábamos. El viento se hizo de pronto más fuerte y la nieve caía con furia, girando sobre nosotros sin descanso. A veces no llegábamos a ver ni siquiera a la distancia de nuestros brazos extendidos; pero en otros momentos, el aire se aclaraba y nuestra mirada abarcaba todo el paisaje.

Durante los últimos tiempos nos habíamos acostumbrado tanto a esperar la salida y la puesta del sol, que sabíamos exactamente cuándo iba a producirse. No faltaba mucho para el ocaso. Era difícil creer que, de acuerdo con nuestros relojes, hacía menos de una hora que estábamos sobre aquella roca, esperando, mientras los tres grupos de jinetes convergían sobre nosotros. El viento se fue haciendo cada vez más fuerte y soplaba de manera más regular desde el norte. Parecía que las nubes cargadas de nieve se habían alejado de nosotros, porque había cesado, salvo copos ocasionales. Resultaba bastante extraño que los perseguidos no se percataran de que eran perseguidos, o que no se preocuparan en absoluto de ello. Sin embargo, parecían apresurarse cada vez más, mientras el sol descendía sobre las cumbres de las montañas. Se iban acercando…

El profesor y yo nos agazapamos detrás de una roca y mantuvimos nuestras armas preparadas para disparar. Comprendí que estaba firmemente determinado a no dejar que pasaran. Ninguno de ellos se había dado cuenta de nuestra presencia. Repentinamente, dos voces gritaron con fuerza:

—¡Alto! Una de ellas era la de mi Jonathan, que se elevaba en tono de pasión; la otra era la voz resuelta y de mando del señor Morris.

Era posible que los gitanos no comprendieran la lengua, pero el tono en que fue pronunciada esa palabra no dejaba lugar a dudas, sin que importara en absoluto en qué lengua había sido dicha. Instintivamente, tiraron de las riendas y, de pronto, lord Arthur y Jonathan se precipitaron hacia uno de los lados y el señor Morris y el doctor Seward por el otro. El líder de los gitanos, un tipo de aspecto impresionante que montaba a caballo como un centauro, les hizo un gesto, ordenándoles retroceder y, con voz furiosa, les dio a sus compañeros orden de entrar en acción. Espolearon a los caballos que se lanzaron hacia adelante, pero los cuatro jinetes levantaron sus rifles Winchester y, de una manera inequívoca, les dieron la orden de detenerse.

En ese mismo instante, el doctor van Helsing y yo nos pusimos en pie detrás de las rocas y apuntamos a los gitanos con nuestras armas. Viendo que estaban rodeados, los hombres tiraron de las riendas y se detuvieron. El líder se volvió hacia ellos, les dio una orden y, al oírla, todos los gitanos echaron mano a las armas de que disponían, cuchillos o pistolas, y se dispusieron a atacar. El resultado no se hizo esperar.

El líder, con un rápido movimiento de sus riendas, lanzó su caballo hacia el frente, dirigiéndose primeramente hacia el sol, que estaba ya muy cerca de las cimas de las montañas y, luego, hacia el castillo, diciendo algo que no pude comprender. Como respuesta, los cuatro hombres de nuestro grupo desmontaron de sus caballos y se lanzaron rápidamente hacia la carreta. Debía haberme sentido terriblemente aterrorizada al ver a Jonathan en un peligro tan grande, pero el ardor de la batalla se había apoderado de mí, lo mismo que de todos los demás; no tenía miedo, sino un deseo salvaje y apremiante de hacer algo. Viendo el rápido movimiento de nuestros amigos, el líder de los gitanos dio una orden y sus hombres se formaron instantáneamente en torno a la carreta, en una formación un tanto indisciplinada, empujándose y estorbándose unos a otros, en su afán por ejecutar la orden con rapidez.

En medio de ellos, alcancé a ver a Jonathan que se abría paso por un lado hacia la carreta, mientras el señor Morris lo hacía por el otro. Era evidente que tenían prisa por llevar a cabo su tarea antes de que se pusiera el sol. Nada parecía poder detenerlos o impedirles el paso: ni las armas que les apuntaban, ni los cuchillos de los gitanos que estaban formados frente a ellos, ni siquiera los aullidos de los lobos a sus espaldas parecieron atraer su atención. La impetuosidad de Jonathan y la firmeza aparente de sus intenciones parecieron abrumar a los hombres que se encontraban frente a él, puesto que, instintivamente, retrocedieron y lo dejaron pasar. Un instante después, subió a la carreta y, con una fuerza que parecía increíble, levantó la caja y la lanzó al suelo, sobre las ruedas. Mientras tanto, el señor Morris había tenido que usar la fuerza para atravesar el círculo de gitanos. Durante todo el tiempo en que había estado observando angustiada a Jonathan, vi con el rabillo del ojo a Quincey que avanzaba, luchando desesperadamente entre los cuchillos de los gitanos que brillaban al sol y se introducían en sus carnes. Se había defendido con su puñal y, finalmente, creí que había logrado pasar sin ser herido, pero cuando se plantó de un salto al lado de Jonathan, que se había bajado ya de la carreta, pude ver que con la mano izquierda se sostenía el costado y que la sangre brotaba entre sus dedos. Sin embargo, no se dejó acobardar por eso, puesto que Jonathan, con una energía desesperada, estaba atacando la madera de la caja, con su gran, para quitarle la tapa, y Quincey atacó frenéticamente el otro lado con su puñal. Bajo el esfuerzo de los dos hombres, la tapa comenzó a ceder y los clavos salieron con un chirrido seco. Finalmente, la tapa de la caja cayó a un lado y a merced de lord Arthur y del doctor Seward, habían cedido y ya no presentaban ninguna resistencia.

El sol estaba casi escondido ya entre las cimas de las montañas y las sombras de todo el grupo se proyectaban sobre la tierra. Vi al conde que estaba tendido en la caja, sobre la tierra, parte de la cual había sido derramada sobre él, a causa de la violencia con que la caja había caído de la carreta. Estaba profundamente pálido, como una imagen de cera, y sus ojos rojos brillaban con la mirada vengadora y horrible que tan bien conocía yo. Mientras yo lo observaba, los ojos vieron el sol que se hundía en el horizonte y su expresión de odio se convirtió en una de triunfo. Pero, en ese preciso instante, surcó el aire el terrible cuchillo de Jonathan. Grité al ver que cortaba la garganta del vampiro, mientras el puñal del señor Morris se clavaba en su corazón.

Fue como un milagro, pero ante nuestros propios ojos y casi en un abrir y cerrar de ojos, todo el cuerpo se convirtió en polvo, y desapareció.

Me alegraré durante toda mi vida de que, un momento antes de la disolución del cuerpo, se extendió sobre el rostro del vampiro una paz que nunca hubiera esperado que pudiera expresarse.»

Así termina, según Bram Stoker, el conde Drácula. Sin embargo, si antes hemos observado que el autor se reservó un as en la manga posiblemente para poder "resucitar" a su héroe (como se vio obligado a hacer Sir Arthur Conan Doyle con su famoso Sherlock Holmes), es porque según la mejor de las tradiciones, a los vampiros (no-muertos) sólo es posible matarlos atravesándoles el corazón con una estaca, no con un cuchillo.

De la fama de la Drácula son buen testimonio toda la literatura escrita sobre tal personaje, tanto sobre su realidad, como sobre su leyenda, así como las diversas películas, tanto serias como cómicas, que sobre el tema se han producido desde la primera y célebre versión realizada por el actor Bela Lugosi, quien años más tarde falleció en un manicomio, gritando destempladamente que él era el veradero conde Drácula, el auténtico vampiro creado por Bram Stoker.

martes, 15 de agosto de 2017

En el colegio de la policia en Boyacá

En el colegio de la policía en Boyacá-Colombia, siempre escuchaban golpes en las noches en el almacén de de los uniformes y al otro día se encontraban los maniquíes afuera del almacén en el suelo. Como el colegio en las noches estaba solo, le echaron la culpa al vigilante. Para demostrar que él no era, una noche escuchó los ruidos y empezó a grabar...

miércoles, 9 de agosto de 2017

Yo te haré volar

Cuando decidas lo que quieres,
cuando decidas no querer parar...
Agárrate a mi cintura.
Yo te haré volar.

Abrahel


martes, 8 de agosto de 2017

Transformación de las Brujas en animales

Ocurría frecuentemente que las brujas se transformaban en animales. Leyendas, rondallas y tradiciones están llenas de semejantes casos. He aquí, por ejemplo, la del gato negro.

«Un matrimonio joven vive con la madre de él. La nuera y la suegra no congenian. Cansado el esposo de los malos tratos que su propia madre ejerce sobre su mujer, deciden separarse. Ahora el joven matrimonio vive en una casa y la suegra en otra. Alos escándalos de antes sucede una paz llena de ventura. El marido trabaja de sol a sol. Regresa del campo muy fatigado, cena y se acuesta sin perder tiempo. La esposa queda hilando junto al fuego. Son unas horas hermosas, repletas de dulces e íntimos pensamientos.

Pero, ¿qué hace ese enorme gato negro? ¿de dónde ha venido? ¿por qué mira con tanta fijeza? La mujer se siente desagradablemente sorprendida. El extraño huesped llega cada noche puntualmente. Se lo dice a su esposo y acuerdan que él se disfrazará de mujer y se quedará hilando frente a las llamas del hogar.

Así lo hacen. El gato negro comparece a la hora de siempre. Observa atentamente al hombre disfrazado con las ropas de su esposa y exclama:

- ¿Eres hombre y estás hilando?

El hombre no se desconcierta.

- ¿Y tú eres gato... y hablas?

Le arroja una sartén de aceite hirviendo y el gato escapa chillando como una persona. Al día siguiente un vecino de la suegra les comunica que ésta está gravemente enferma. El hijo acude sin perder tiempo a su lado y le pregunta qué es lo que le pasa.

- ¿Qué me pasa? - exclama la madre - ¡Me pasa el sartenazo de aceite hirviendo que me arrojaste anoche!»

miércoles, 2 de agosto de 2017

El trabajo por 64.000$ al año que nadie quiere

Dicen que el que no arriesga no gana, pero nadie se quiere arriesgar a trabajar en ese lugar.

Una familia de Scottish Border, Escocia, publicó un anuncio pidiendo una niñera y ofreciendo una más que interesante retribución. ¿El motivo? La casa estaría “embrujada” y nadie duraría demasiado tiempo en el puesto.

A simple vista, cualquiera podría sentirse atraído por el aviso que una familia originaria de Scottish Border, un pequeño pueblito de Escocia, ha publicado en el sitio Childrencare pidiendo por una persona para cuidar a sus dos niños de 5 y 7 años. La retribución de 64 mil dólares al mes, sumado a la posibilidad de tomar 28 días de vacaciones por año junto a la promesa de trabajar en una casa “adorable, espaciosa” y “con vistas espectaculares” podría ser un combo difícil de rechazar. Sin embargo, al leer la letra chica las condiciones cambian.

Y es que en la misma publicación los padres de las criaturas no tardan demasiado en adelantar la razón detrás de este más que generoso salario. “Mi marido y yo somos dos profesionales muy ocupados que con frecuencia estamos fuera del hogar. En algunas ocasiones ambos estamos lejos por trabajo y será la persona que ocupe el puesto la que quedará a cargo de la propiedad”, advertía al comienzo la responsable de publicar esta oferta.

“Vivimos en nuestra casa por cerca de 10 años. Cuando la compramos nos dijeron que estaba embrujada, pero decidimos mantener la mente abierta y no pensar en ello”, escribió a continuación la empleadora. “5 niñeras dejaron su puesto el año pasado adjudicando que el motivo fueron los incidentes sobrenaturales que tuvieron lugar en la vivienda”.

De acuerdo con este descargo, las personas que huyeron despavoridas de la residencia lo hicieron luego de escuchar ruidos extraños, ver vidrios romperse y constatar que los muebles se desplazaban por sí solos. Sin embargo, y para la tranquilidad de las futuras candidatas, la dueña de la casa afirma que tanto ella como su esposo nunca fueron testigos de fenómenos de tal magnitud.

Tal fue el revuelo que despertó este anuncio que el propio CEO de la plataforma donde fue publicado se puso rápidamente en contacto con la familia. “Creo que es probablemente la historia más interesante que hemos escuchado”, explicó el hombre a The Telegraph. “La familia nos aseguró que nada malo le sucedió nunca a nadie dentro de la casa, pero que la niñera elegida tendrá que tener una gran personalidad”.

A día de hoy, y tras haber recibido más de dos mil candidaturas, los padres han decidido dar por terminada la búsqueda para tener el tiempo suficiente de analizar cada solicitud. Habrá que ver, en esta oportunidad, cuánto dura la persona elegida para ocupar esta posición totalmente desaconsejada para las más miedosos.

martes, 1 de agosto de 2017

Elfos de la oscuridad o nocturnos

El elfo nocturno más importante para el hombre es el que provoca las pesadillas, que precisamente en España se denomida "pesadilla" mientras que en otros países adopta diferentes nombres como: Qaalrüter, Cauchemar, Marni, Nachtmännle y otros.

Estos elfos populares en toda Europa, aun cuando poco se sabe acerca de sus actividades diurnas ni dónde duermen... si es que duermen.

Sí se sabe, en cambio, que entran en las casas por el agujero de la cerradura, o las grietas del maderamen.

Estos elfos son los causantes, pues, de las pesadillas o malos sueños de los durmientes, a los que atenazan brazos y piernas, impidiéndoles todo movimiento, toda liberación de su pesadilla.

En la Edad Media colgaban en los dormitorios ciertas plantas, como verbena, aristoloquia y la hierba de San Juan, para ahuyentar a los elfos nocturnos.

También es eficaz esparcir lino delante de la puerta de casa o en el umbral del dormitorio, colgar sobre la puerta una cruz o una herradura, guardar un calcetín bajo la cama o una ramita de retama.

Es bueno cruzar los brazos y las piernas antes de acostarse.

Los Korred son otros elfos de la oscuridad, y se asegura que fueron estos quienes trajeron los menhires y los dólmenes a los Pirineos y a Gran Bretaña, de modo especial en el país de Cornualles.

Los korred son unos elfos enanos, de piel oscura y ojos de un rojo brillante. Su mayor diversión es la danza, y bailan por las noches incansablemente y con tanta fuerza que la hierba arde bajo las plantas de sus pies.

A causa de su asociación con dólmenes y menhires, que son como aras sagradas, los korred se consideran magos y adivinadores del futuro, conociendo además el emplazamiento de innumerables tesoros ocultos.

Nunca se deben interrumpir las danzas de los korred, puesto que su enojo podría ser mortal para quien lo hiciera. Sin embargo, normalmente, se muestran amistosos con los seres humanos, aunque siempre un poco retraídos en estos tratos.

Los korred miden casi un metro de alto y su pelo es negro y encrespado, teniendo los ojos de color escarlata. En algunas ocasiones pueden tener patas de cabra y zarpas de gato en vez de pies.

Los korred vivían antaño en los subsuelos, pero hoy día tienen sus viviendas en los acantilados del litoral y en cavernas naturales. De todos modos, sus moradas caen siempre por debajo del nivel del mar.

Sirenia - My Mind's Eye (Subtitulado al español)


lunes, 31 de julio de 2017

El exorcista


Esta popular película se estrenó en el año 1973, fue famosa por su contenido y también porque tuvo diferentes hechos paranormales en el set, se incendiaron los decorados, aseguran que Linda Blair pronosticó la muerte de un técnico de la película y hubo una cadena de muertes, entre ellos los actores Jack MacGowran y Vasiliki Maliaros, la vida de los actores de "El Exorcista" no volvió a ser la misma.


Cada día de trabajo en la filmación, muchos de los actores acudían a la Iglesia para buscar ayuda espiritual, asustados por los fenómenos que sucedieron y no lograban entender. Se dio a conocer que la película se inspiró en un hecho de la vida real y que la misma casa donde se realizó la filmación, habría sido el escenario donde vivió un joven que fue poseído y cuya historia sirvió como fuente de inspiración para la película.


Los problemas empezaron al poco tiempo de empezar el rodaje, con un encadenamiento insólito de sucesos inexplicables en torno a la producción de la película. Cintas que se borraban solas, caída de focos, ruidos y voces estremecedoras que se filtraban por los micrófonos, teléfonos que se levantaban solos, desaparición de objetos o un incendio iniciado en los estudios Warner y que destruyó gran parte de los decorados de la película (excepto la habitación del personaje de Regan Mac Neil, la niña poseída), retrasando las filmaciones durante seis semanas.

Para empeorar las cosas, el arnés empleado para elevar a la joven actriz Linda Blair –que interpretaba a Regan- sobre su cama (y aparentar su levitación) se rompió, por lo que la muchacha sufrió lesiones en su columna vertebral cuyas secuelas perduran hasta hoy. La histeria y el miedo pronto se extendieron entre los miembros del equipo, lo que obligó a la producción a requerir los servicios de un sacerdote para que bendijera el set de rodaje.

Se cuenta que la prestigiosa actriz Ellen Burstyn, quien interpretaba a la madre de Regan (y que protagonizó otras cintas notables como “Alicia ya no vive aquí”, de Martin Scorsese, y “Réquiem por un sueño”, de Darren Aronofsky), en una parte del filme debía pronunciar la frase “¡Creo en el diablo!”. Pero la actriz se negó terminantemente, aduciendo que aunque fuera una línea ficticia escrita en un guión cinematográfico, jamás se debía usar ese ominoso nombre sin esperar sufrir alguna consecuencia.

Extrañas muertes


Lo más impresionante de la supuesta maldición de “El exorcista” tuvo que ver con las extrañas muertes que se produjeron. Se estima que entre cuatro y nueve personas fallecieron durante el rodaje, entre ellos el actor Jack MacGowran, la actriz Vasiliki Maliaros, un experto en efectos especiales y un cuidador nocturno de los estudios Warner. Además, el abuelo de Linda Blair y el hermano del actor Max Von Sydow (que interpretaba al padre Merrin) fallecieron el mismo día en el que se iniciaron las grabaciones. Posteriormente y para rematar la terrible ola de fallecimientos, el hijo de la actriz Mercedes McCambridge, quien hacía la voz del demonio en el filme, se suicidó después de asesinar a toda su familia en 1987.

Pero ¿la fatalidad terminó aquí? 


Al parecer no, pues la mala suerte también acompañó a la adaptación teatral de la historia. En 1975 se estrenó en el Teatro de la Comedia de Londres la obra “El exorcista”, con la actriz Mary Ure personificando a la joven Reagan (a pesar de tener 42 años, la veterana actriz encarnó magistralmente el papel que lanzó a la fama a Linda Blair). Sin embargo, al día siguiente del estreno, el director de la obra encontró a Ure muerta, rodeada de sus propios vómitos. Además estaba tendida con los brazos en cruz, y con cortes y rasguños por todo su cuerpo. El informe policial dictaminó posteriormente que se había tratado de un suicidio provocado por sobredosis de barbitúricos. Pero, para muchos, ella era sólo una víctima más de la terrible maldición que ha perseguido a esta película.

Y 43 años después del estreno de la película... la maldición continúa


En septiembre de este año se estrenó en el cable la serie de televisión “El Exorcista”, basada en la célebre película de terror de 1973 del mismo nombre, dirigida por el director William Friedkin, que a su vez se basó en la novela homónima del escritor William Peter Blatty. Protagonizada por los actores Alfonso Herrera y Ben Daniels, quienes personifican a los padres Tomás Ortega y Marcus Keane, respectivamente, la serie ha sido descrita como “un propulsivo thriller psicológico serializado que sigue a dos hombres muy diferentes que abordan horribles casos de posesión demoníaca de una sola familia, y hacen frente a la cara del verdadero mal”.


La revista “Entertainment Weekly”, en un reciente artículo sobre esta serie de 13 episodios, sorprendió a sus lectores al informar de la ocurrencia de presuntos sucesos paranormales que se han registrado durante su rodaje. Además de reportar algunos problemas técnicos inexplicables en el plató –como lámparas y luces que se apagan solas-, informó que también han sucedido cosas extrañas que han afectado a parte del elenco.

La actriz Hannah Kasulka, que personifica en la serie a Casey Rance, una joven poseída, relató que “cuando estábamos rodando el piloto, de vez en cuando estábamos en el ascensor y éste nos llevaba al piso 13 sin haber pulsado antes el botón”. Su compañera de reparto Brianne Howey corroboró lo anterior, atestiguando que “ninguna de nosotros apretó el botón de ese piso. El ascensor simplemente se detenía por sí solo ahí”.


La actriz Geena Davis, que en la serie encarna a una adulta Regan Mac Neil (el mismo personaje que en la película de 1973 era la niña de 12 años poseída por el diablo), confidenció que los productores, tras enterarse de estos extraños acontecimientos, no se quedaron de brazos cruzados: “Me enteré después que habían traído a un sacerdote para que bendijera el set, cosa que también se debió hacer durante el rodaje de la película de William Friedkin en 1973, porque también allí comenzaron a suceder cosas extrañas en el plató”.

domingo, 30 de julio de 2017

El más allá de los chinos

Para el pueblo chino, desmarcado del resto del mundo conocido durante milenios, los fantasmas no sólo son cercanos, sino inevitables representantes del más allá en nuestra propia Tierra.

Cada chino muerto da origen a un fantasma, pero no todos los fantasmas son de la misma categoría. En China hay fantasmas legendarios y divinos, de la misma manera que hay fantasmas hogareños y cotidianos. Desde el malvado Rey Mono, que luchó contra los hombres para adueñarse del reino material de la Tierra, hasta la Dama de la Campana o el fantasma de la casa que se habita, el universo chino está lleno de espíritus que conviven con los hombres a cada momento.

Entre el Cielo y la Tierra de los chinos hay muchos caminos y puentes que permiten a los espíritus descender y ascender constantemente. Los mandarines y los emperadores, los caciques y las princesas, los monjes y los sirvientes, y hasta los limosneros y las prostitutas, son fantasmas en potencia que deberán su presencia fantasmal en el futuro al interés que despierte entre la gente su particular historia.

Por supuesto, no hay fantasma sin leyenda, no hay espíritu sin historia, ni hay alma sin cuento. Cada fantasma debe tener su propio relato, porque este relato es su razón de ser y de permanecer entre los vivos.

Cada emperador y cada doncella eran fantasmas legendarios en potencia. El emperador, como ser divino que era, tenía garantizada en cierta forma su futura leyenda, mientras que la doncella necesitaría, para acceder al mundo legendario, de una historia dramática e interesante.

En el mundo fantasmal chino siempre hay héroes y doncellas, guerreros y concubinas, madres doloridas e hijos triunfantes, emperadores crueles y súbditos sufridos, porque toda la vida fantasmagórica del pueblo chino se basa en su propio y milenario drama vital, y porque, como en el resto de las culturas, los fantasmas representan la extensión de la vida en el más allá.


En tiempos lejanos, un poderoso Emperador que vivía en la Ciudad Prohibida, encontró una gran roca de bronce que había caído del Cielo. La roca de bronce, por haber venido del Cielo, debía tener propiedades divinas que servirían para agrandar su persona en la Tierra, y el Emperador, que quería gozar de esa fuerza divina, llamó a los mejores herreros de China para que fraguaran con la roca celestial una campana que cantara su realeza a los cuatro vientos.

Pero los mejores herreros del Imperio no pudieron fundir la roca de bronce, y cada uno de ellos fueron siendo decapitados por orden del Emperador.

Una vez que palacio se quedó sin herreros, el Emperador mandó a sus generales a buscar por todo el mundo a un herrero que fuera capaz de fundir la roca celestial y fraguar la campana deseada. Así que se hicieron los pregones y se ofrecieron las recompensas por todo el Imperio y otras partes del mundo.

Hasta palacio llegaron herreros y magos de todo el mundo, con ingenios modernos y crisoles mágicos, pero ninguno de ellos lograba fundir la roca de bronce, y uno tras otro terminaban poniendo su cuello a disposición del verdugo.

Un humilde hojalatero no se pudo negar y no tuvo más remedio que enfrentarse a la tarea imposible de fundir la roca del Cielo, llevando como únicas ayudas a su humilde un viejo crisol, un fuelle que apenas si había usado, y a su propia hija como asistente.

El hojalatero no había tenido hijos varones, y miles de veces se había quejado de esta suerte, ya que las manos de su delicada hija no estaban hechas para el duro oficio de hojalatero, pero tenía que conformarse, porque su hija era el único apoyo que le había enviado el Cielo.

El Emperador llamó al hojalatero a su presencia y le dijo que tenía tres días para fundir la roca de bronce. Si lo lograba, sería nombrado herrero del único ser divino que vivía en la Tierra (el propio Emperador), a la vez que recibiría todo tipo de riquezas y de reconocimientos. Si no lo lograba, también podría alegrarse, porque el verdugo le quitaría de sufrir para siempre de su miserable vida.

El humilde hojalatero, a pesar de haber sufrido mucho en la vida, no tenía la más mínima intención de morir, y se puso manos a la obra ayudado por su débil hija. La enorme roca fue puesta en el viejo crisol y el fuelle sopló en las brazas con fuerza durante dos días, pero la roca celestial como en todas las ocasiones anteriores, ni siquiera se calentó.

Las lágrimas del hojalatero se iban haciendo más abundantes a cada momento, y el pobre, en su desesperación, iba maldiciendo su mala suerte al tiempo que insultaba a su débil e inútil hija, cuyos brazos apenas si podían sostener el fuelle.

Los consejeros del Emperador sonreían compungidos al ver los torpes esfuerzos del hojalatero. Sentían lástima por él, pero no podían dejar de reconocer que era el menos calificado de todos los herreros que habían pasado por ahí.

La hija del hojalatero, al ver el sufrimiento de su padre y las burlas de los consejeros, decidió, ya que no podía calentar el crisol con la fuerza de sus brazos al presionar el fuelle, calentar con su propio cuerpo el fondo del mismo y fundir la roca.

En la madrugada del tercer día, cuando todo se preparaba para decapitar al hojalatero, la débil doncella se lanzó dentro del crisol hirviente gritando de dolor. Su padre, al oír los sonoros y terribles gritos, corrió hacia el crisol, estiró la mano con valor, pero lo único que pudo rescatar de su hija fue una zapatilla raída de raso rojo. El cuerpo de la doncella, ante los ojos sorprendidos del hojalatero, empezó a fundirse junto con la roca celestial, y entre lágrimas y sollozos pudo por fin fraguar la campana que el Emperador deseaba.

La campana fue colocada en la torre de la ciudad prohibida, el hojalatero se convirtió en el más triste herrero real, y el fantasma de la doncella sacrificada, cada vez que sonaba la campana, salía de su encierro a buscar su zapatilla ante el espanto de los habitantes de palacio. Y el mismo tañido de la Campana Celestial es tan amedrentador y poderoso, porque en su potente sonido se encuentran los terribles gritos de la doncella sacrificada.


Leyendas como ésta viven en la conciencia colectiva de los chinos, quienes, a pesar del budismo y del comunismo, siguen conviviendo con el mundo fantasmal de sus más antiguas tradiciones. El pueblo llano de China, como los pueblos llanos del resto del mundo, se han desmarcado siempre de las imposiciones religiosas y políticas, y han mantenido sus creencias populares. Y esto no podría ser de otra manera si tomamos en cuenta que en China pervive un animismo que otorga personalidad (y con la personalidad el fantasma subsecuente) al hielo, las nieves, el frío, el calor, la muerte, los animales, los pantanos, el viento, las artes, la tierra, el árbol, la luz, la oscuridad, etc.

sábado, 29 de julio de 2017

Osiris, el defensor del orden

En un pendiente de oro (h. 850 a.c.) se representa a Osiris momificado, flanqueado por Isis y su hijo Horus. Tras su muerte, Osiris reinó en los infiernos (Duat). Considerado en época primitiva rey temible de un mundo de demonios, pasó a ser el juez justo que recibía a los difuntos virtuosos en el paraíso.

Osiris fue el primer rey y su hermana Isis su consorte. Se le rendía culto como dios de la agricultura y enseñó a la humanidad los secretos del cultivo y la civilización. Su gobierno estaba amenazado por las fuerzas del caos, en las que militaba su hermano Set. Según uno de los mitos, en la creación surgieron las disensiones cuando Set salió bruscamente del vientre materno.

La muerte del buen dios Osiris constituye uno de los acontecimientos más importantes de la mitología egipcia, pero su historia raras veces se recogió en detalle. Se mencionan dos etapas en este episodio: su asesinato y su desmembramiento. Los primeros relatos se limitan a decir que Set arrojó a Osiris al río en Nedyet, lugar mítico que en algunos casos se identifica con una parte de Abidos, el recinto sagrado en el que se celebraban los misterios de Osiris.

Según versiones posteriores, Osiris se ahogó en el Nilo y se considera su asesino a Set, que adoptó la forma de cocodrilo o hipopótamo para atacar a su hermano inocente, si bien según cierta versión se transformó en toro y pisoteó a Osiris hasta que el dios murió. Más adelante, el dios Horus le cortó la pata con la que lo había pisoteado y la arrojó hacia el cielo, donde pasó a formar parte de la constelación de la Osa Mayor. Según otra tradición, Set se convirtió en un pequeño insecto, quizá un mosquito, y picó a Osiris mortalmente en un pie.

Isis inició la búsqueda de su marido y evitó que se degradase su cadáver valiéndose de sus poderes mágicos. Llamó al dios chacal Anubis, que embalsamó y vendó el cuerpo del dios, la primera momia. Según versiones posteriores del mito, Set encontró el divino cuerpo de Osiris, lo hizo pedazos y los enterró en diversos lugares de Egipto: la cabeza en Abidos, el corazón en Atribis, una pierna en la isla de Biga, y así sucesivamente. El desmembramiento de Osiris se comparaba con la siega y la trilla anuales del trigo y la cebada. Se creía que el dios renacía cuando crecían las nuevas simientes.

viernes, 28 de julio de 2017

The Limehouse Golem


Situado en las implacables y miserables calles de la Londres victoriana en 1880, The Limehouse Golem comienza en la barroca sala de música donde sube al escenario el intérprete más famoso de la capital, Dan Leno (Douglas Booth).

En su monólogo cuenta el horrible destino de una joven que actuaba en ese escenario, su querida amiga Elizabeth Cree (Olivia Cooke), quien se enfrenta a ser ejecutada en la horca acusada de asesinar a su esposo, John Cree (Sam Reid). La muerte de Lizzie parece inevitable, hasta que el inspector John Kildare (Bill Nighy) se hace cargo del caso de The Limehouse Golem, un asesino en serie nefasto y calculador, que mata inocentes sin ninguna conexión, dejando tras de sí cadáveres apenas identificables y una marca: "M". Nada es lo que parece, todo el mundo es sospechoso y tiene un secreto.

Fecha de Estreno: Viernes, 08 de Septiembre de 2017 


martes, 25 de julio de 2017

Gente que penetra en el pasado - El restaurante "Las Perdices"

«Trabajé una noche hasta muy tarde -relató una persona en una reunión-, y conducía mi coche por la ruta acostumbrada, cuando de repente dejé de reconocer todo lo que me rodeaba.

¡Diantre! dije para mis adentros. ¿Me habré equivocado de camino?

Pero llevaba varios años viviendo en aquel distrito por lo que lo conocía bien. Además, no había doblado ninguna curva, ni me había internado por ninguna callejuela lateral.

Todo, en torno mío, estaba callado. Bien, puse en marcha la radio y sólo oí ruidos estáticos. Sólo había otro coche a la vista, bastante viejo, aparcado delante de un restaurante llamado "Las Perdices".

Cuando llegué al cruce tuve la sensación de estar pasando por en medio de agua helada. A partir de aquel lugar volví a reconocer cuanto me rodeaba. Supe dónde estaba de manera perfecta.

Lo más gracioso es que he recorrido la misma ruta millares de veces y jamás he visto un restaurante llamado "Las Perdices". He preguntado donde trabajo pero nadie ha oído ese nombre, ni cree nadie que exista en toda la población.

Y ahora pregunto: ¿conduje aquella noche dentro de otra dimensión o lo hice por la misma calle que llevo recorriendo todos esos años? Y lo cierto es que rotundamente no estaba bebido.»


De cuando en cuando, por algún medio todavía desconocido, algunos individuos se hallan de repente en lugares o escenas del pasado. Pero esto obliga a formular muy variadas preguntas. Por ejemplo: si vuelve el pasado ¿a dónde va el presente?

Si la persona cuyo relato he transcrito condujo por una calle que había existido varios años antes ¿por dónde y a dónde desapareció la calle actual? ¿O es posible que una dimensión de tiempo actúe simultáneamente, paralela o interiormente, con otra?

Otra cuestión planteada innumerables veces en las obras de ciencia ficción: ¿puede alguien de otra dimensión, suponiendo que existan, interrelacionarse con otra de una diferente dimensión temporal? ¿Qué hubiese sucedido si la persona del anterior relato hubiese sufrido un choque, por ejemplo, y hubiera atropellado a un individuo de un período anterior en el tiempo al de aquel que iba conduciendo?

En casi todos los viajes al pasado, los habitantes del período anterior no parecen darse cuenta en absoluto de los que pertenecen al presente, quienes pueden, por ejemplo, presenciar una batalla histórica o una feria popular. Es como si el observador no penetrara en el pasado sino que, de manera inexplicable, al menos por ahora, una escena del pasado fuese evocada con detalles fotográficos, como si se tratase de una película etérea, activada y proyectada en una pantalla irreal.

Si la energía, como la materia, es indestructrible, las vibraciones de cada palabra, de cada acto psíquico realizado, pueden resonar como un eco infinito en el éter. Del mismo modo que las emociones de algunas personas a veces puede parecer que permean una habitación o una casa, produciendo un «fantasma» visto solamente por aquellos que poseen afinidad telepática, ciertas escenas del pasado, con carga emocional, pueden quedar impresas en el éter psíquico, y ser evocadas fotográficamente por aquellos individuos que poseen la debida sintonización. Casi todo el mundo ha observado que algunos locales poseen una «atmósfera» propia, creada a través de los años, y esas auras podrían provocar sensaciones bien definidas de inquietud, felicidad, temor o relajación.

Pero si tales viajes al tiempo pasado no son más que una especie de fantasmagoría cinematográfica, resultan por otra parte tremendamente sólidos, y no son solamente las irrealidades tenues y evanescentes de las visiones fantasmales comunes hasta cierto punto. Hay testimonios de personas que han penetrado en oficinas de otra era, que han ido por caminos inexistentes y que han presenciado batallas y peleas ocurridas hace cientos de años.

lunes, 24 de julio de 2017

Centuria I - I


De noche, sentado y en secreto estudio.
Tranquilo y solo, en la silla de bronce:
Exigua llama saliendo de la soledad,
hace prosperar lo que no debe creerse en vano.


sábado, 22 de julio de 2017

Yo soy la única Reina de tu vida

Acércate a mi, atrévete a conquistarme...
Pero sólo si voy a ser la única en tu vida, si por la calle vas a querer llevarme de la mano sin esconderme, si tus estados van a ser dedicados para mi, si en tus fotos a partir de ahora vas a aparecer conmigo...
Atrévete a conquistarme si te atreves.
Pero sólo con esas condiciones, porque yo no voy a ser parte de ningún harén...
Si me quieres conquistar, olvídate de otras, olvídate de harenes... yo soy la única Reina de tu vida.

Abrahel

viernes, 21 de julio de 2017

A 47 metros

Otra buena opción para pasar una buena sesión de cine de terror hoy, es ir a ver el estreno de "A 47 metros", sobre todo si te gustan las películas de tiburones...


Kate y Lisa son dos hermanas veinteañeras amantes de la diversión que viajan a México para disfrutar de las mejores vacaciones de sus vidas. Cuando surge la oportunidad de sumergirse en una jaula para ver tiburones blancos, la aventurera Kate se apunta al instante para desesperación de Lisa. Finalmente, ambas se sumergen a dos horas de la costa de Huatulco para encontrarse cara a cara con el depredador más feroz de la naturaleza. Pero lo que debería haber sido la experiencia definitiva se acaba convirtiendo en una pesadilla cuando la jaula se suelta del barco y quedan atrapadas en el fondo del océano. Con menos de una hora de oxígeno en sus tanques, deben encontrar la manera de regresar a la embarcación a través de 47 metros infestados de tiburones.

Fecha de Estreno: Viernes, 21 de Julio de 2017 


miércoles, 19 de julio de 2017

Siete deseos

Llega el fin de semana y una buena opción para este viernes es ir a ver este estreno al cine... 😉


Clare Shannon (Joey King), de 17 años, sobrevive como puede al infierno que es el instituto, junto a sus amigas Meredith (Sydney Park) y June (Shannon Purser). Cuando su padre (Ryan Phillippe) le regala una vieja caja de música con una inscripción que promete conceder los deseos de su dueño, ella piensa que no tiene nada que perder. Clare pide su primer deseo y, por sorpresa, se hace realidad.

En poco tiempo lo tiene todo: dinero, popularidad y el chico de sus sueños. Todo parece perfecto hasta que las personas más cercanas a ella empiezan a morir de manera espantosa y retorcida. Ahora, con sangre en sus manos, Clare se tiene que deshacer de la caja, antes de que le cueste su vida y la de sus seres más queridos.

Fecha de Estreno: Viernes, 21 de Julio de 2017 

miércoles, 12 de julio de 2017

Cuento original y sin censura de La bella durmiente del bosque

En otros tiempos había un rey y una reina, cuya tristeza porque no tenían hijos era tan grande que no puede ponderarse. Fueron a beber todas las aguas del mundo, hicieron votos, emprendieron peregrinaciones, pero no lograron ver sus deseos realizados, hasta que, por último, quedó encinta la reina y dio a luz una hija. La explendidez del bateo no hay medio de describirla, y fueron madrinas de la princesita todas las hadas que pudieron hallar en el país, y siete fueron, con el propósito de que cada una de ellas le concediera un don, como era costumbre entre las hadas en aquel entonces; y por este medio tuvo la princesa todas las perfecciones imaginables.

Después de la ceremonia del bautismo, todos fueron a palacio, en donde se había dispuesto un gran festín para las hadas. Delante de cada una se puso un magnífico cubierto con un estuche de oro macizo, en el que había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro fino, guarnecido de diamantes y rubíes.

En el momento de sentarse a la mesa, vieron entrar una vieja hada que no había sido invitada, debido a que durante más de cincuenta años no había salido de una torre y se la creía muerta o encantada.

Mandó el rey que le pusieran cubierto, pero no hubo medio de darle un estuche de oro macizo como a las otras, porque sólo se había ordenado construir siete para las siete hadas. Creyó la vieja que se la despreciaba y gruñó entre dientes algunas amenazas. Una de las hadas jóvenes que estaba a su lado, oyola, y temiendo que concediese algún don dañino a la princesita, en cuanto se levantaron de la mesa fue a esconderse detrás de un tapiz para hablar la última y poder reparar hasta donde le fuera posible el daño que hiciera la vieja.

Comenzaron las hadas a conceder sus dones a la recién nacida. La más joven dijo que sería la mujer más hermosa del mundo; la que la siguió añadió que sería buena como un ángel; gracias al don de la tercera, la princesita debía mostrar admirable gracia en cuanto hiciere; bailar bien, según el don de la cuarta; cantar como un ruiseñor, según el de la quinta, y tocar con extrema perfección todos los instrumentos, según el de la sexta. Llegole la vez a la vieja hada, la que dijo, temblándole la cabeza más a impulsos del despecho que de la vejez, que la princesita se heriría la mano con un huso y moriría de la herida.

Este terrible don a todos estremeció y no hubo quien no llorase. Entonces fue cuando salió de detrás del tapiz la joven hada y pronunció en voz alta estas palabras:

-Tranquilizaros rey y reina; vuestra hija no morirá de la herida. Verdad es que no tengo bastante poder para deshacer del todo lo que ha hecho mi compañera. La princesa se herirá la mano con un huso, pero, en vez de morir, sólo caerá en un tan profundo sueño que durará cien años, al cabo de los cuales vendrá a despertarla el hijo de un rey.

Deseoso el monarca de evitar la desgracia anunciada por la vieja, mandó publicar acto continuo un edicto prohibiendo hilar con huso, así como guardarlos en las casas, bajo pena de la vida.

Transcurrieron quince o dieciseis años, y cierto día el rey y la reina fueron a una de sus posesiones de recreo; y sucedió que corriendo por el castillo la joven princesa, subió de cuarto en cuarto hasta lo alto de una torre y se encontró en un pequeño desván en donde había una vieja que estaba ocupada en hilar su rueca, pues no había oído hablar de la prohibición del rey de hilar con huso.

-¿Qué hacéis, buena mujer?, le preguntó la princesa.

-Estoy hilando, hermosa niña, le contestó la vieja, quien no conocía a la que la interrogaba.

-¡Qué curioso es lo que estáis haciendo!, exclamó la princesa. ¿Cómo manejáis esto? Dádmelo, que quiero ver si sé hacer lo que vos.

Como era muy vivaracha, algo aturdida y, además, el decreto de las hadas así lo ordenaba, en cuanto hubo cogido el huso se hirió con él la mano y cayó sin sentido.

Muy espantada la vieja comenzó a dar voces pidiendo socorro. De todas partes acudieron, rociaron con agua la cara de la princesa, le desabrocharon el vestido, le dieron golpes en las manos, le frotaron las sienes con agua de la reina de Hungría, pero nada era bastante a hacerla volver en sí.
Entonces el rey, que al ruido había subido al desván recordó la predicción de las hadas, y reflexionando que lo sucedido era inevitable, puesto que aquellas lo habían dicho, dispuso que la princesa fuera llevada a un hermoso cuarto del palacio y puesta en una cama con adornos de oro y plata. Tan hermosa estaba que cualquiera al verla hubiera creído estar viendo un ángel, pues su desmayo no la había hecho perder el vivo color de su tez. Sonrosadas tenía las mejillas y sus labios asemejaban coral. Sólo tenía los ojos cerrados, pero se la oía respirar dulcemente, lo que demostraba que no estaba muerta.

Mandó el rey que la dejaran dormir tranquila hasta que sonara la hora de su despertar. La buena Hada que le había salvado la vida condenándola a dormir cien años, estaba en el reino de Pamplinga, que distaba de allí doce mil leguas, cuando le ocurrió el accidente a la princesa; pero bastó un momento para que de él tuviese aviso por un diminuto enano que calzaba botas, con las cuales a cada paso recorría siete leguas. Púsose inmediatamente en marcha la hada y al cabo de una hora viéronla llegar en un carro de fuego tirado por dragones. Fue el rey a ofrecerle la mano para que bajara del carro y la Hada aprobó cuanto se había hecho; y como era en extremo previsora, le dijo que cuando la princesa despertara se encontraría muy apurada si se hallaba sola en el viejo castillo. He aquí lo que hizo.

Excepción hecha del rey y la reina, tocó con su varilla a todos los que se encontraban en el castillo, ayas, damas de honor, camareras, gentiles-hombres, oficiales, mayordomos, cocineros, marmitones, recaderos, guardias, suizos, pajes y lacayos; también tocó los caballos que había en las cuadras y a los palafraneros, a los enormes mastines del corral y a la diminuta Tití, perrita de la princesa que estaba cerca de ella encima de la cama. Cuando a todos hubo tocado, todos se durmieron para no despertar hasta que despertara su dueña, con lo cual estarían dispuestos a servirla cuando de sus servicios necesitara. También se durmieron los asadores que estaban en la lumbre llenos de perdices y de faisanes, e igualmente quedó dormido el fuego. Todo esto se hizo en un momento, pues las hadas necesitan poco tiempo para hacer las cosas.

Entonces el rey y la reina, después de haber besado a su hija sin que despertara, salieron del castillo y mandaron publicar un edicto prohibiendo que persona alguna, fuese cual fuere su condición, se acercara al edificio. No era necesaria la prohibición, pues en quince minutos brotaron y crecieron en número extraordinario árboles grandes, pequeños rosales silvestres y espinosos, de tal manera entrelazados que ningún hombre ni animal hubiera podido pasar; de manera que sólo se veía lo alto de las torres del castillo, y aun era necesario mirarle de muy lejos. Nadie dudó de que la Hada había echado mano de todo su poder para que la princesa, mientras durmiera, nada tuviese que temer de los curiosos.

Pasadas los cien años, el hijo del monarca que reinaba entonces, debiendo añadir que la dinastía no era la de la princesa dormida, fue a cazar a aquel lado del bosque y preguntó que eran las torres que veía en medio del espeso ramaje. Contestole cada cual según lo que había oído; unos le dijeron que aquello era un viejo castillo poblado de almas en pena y otros que todas las brujas de la comarca se reunían en él los sábados. Según la opinión más generalizada, moraba en él un ogro que se llevaba al castillo todos los niños de que podía apoderarse para comerlos a su sabor y sin que fuera posible seguirle, abrirse puesto que sólo a él estaba reservado el privilegio de paso por entre la maleza.

No sabía a quien dar crédito el príncipe, cuando un viejo campesino habló y le dijo:

-Príncipe mío: hace más de cincuenta años oí contar a mi padre que en aquel castillo había la más bella princesa del mundo, que debía dormir cien años, estando reservado el despertarla al hijo de un rey, de quien debe ser esposa.

A estas palabras sintió el joven príncipe que la llama del amor brotaba en su corazón, y sin duda al instante creyó que daría fin a aventura tan llena de encantos. Impulsado por el amor y el deseo de gloria, resolvió saber en el acto si era exacto lo que el campesino le había dicho, y apenas llegó al bosque cuando todos los añosos árboles, los rosales silvestres y los espinos se separaron para abrirle paso. Caminó hacia el castillo, que veía al extremo de una larga alameda, en la que penetró, quedando muy sorprendido al observar que los de su comitiva no habían podido seguirle porque los árboles volvieron a recobrar su posición natural y a cerrar el paso en cuanto hubo pasado. No por eso dejó de continuar su camino, pues un príncipe joven y enamorado siempre es valiente. Penetró en un extremo del patio, y el espectáculo que a su vista se presentó era capaz de helar de miedo. El silencio era espantoso; veíase en todas partes la imagen de la muerte y la mirada tropezaba en cuerpos de hombres y animales que parecía estaban privados de vida; pero bastole fijarse en la nariz de berenjena y en los encendidos carrillos de los suizos para comprender que sólo estaban dormidos; además, los vasos, en los que sólo se veían restos de vino, decían que se habían dormido bebiendo.

Atravesó otro gran patio con pavimento de mármol; subió la escalera y entró en la sala de los guardias, que estaban formando hilera con el arcabuz al hombro y roncando ruidosamente. Cruzó varios aposentos llenos de gentiles hombres y de damas, de pie los unos, sentados los otros, pero todos durmiendo. Penetró en una cámara completamente dorada y vio en una cama, cuyos cortinajes estaban abiertos, el más hermoso espectáculo que a su mirada se había presentado: una princesa, que parecía tener quince o dieciseis años y cuya deslumbradora belleza tenía algo de luminosa y divina. Aproximose a ella temblando y admirándola y se arrodilló al pie de la cama.

Como había sonado la hora en que debía tener fin el encantamiento, la princesa despertó; y mirándole con tiernos ojos, le dijo:

-¿Sois vos, príncipe mío? ¡Cuánto os habéis hecho esperar!

Y llenaron de contento al príncipe tales palabras, y más aun la manera como fueron dichas. No sabía como encontrarla su alegría y agradecimiento y la aseguró que la amaba más que a si mismo. Mal hilvanadas salieron las palabras de los labios de ambos, pero a esto se debió que fueran más atractivas, pues poca elocuencia es señal de mucho amor. La confusión del hijo del rey era mayor que la de la princesa, cosa que no ha de sorprender, pues ella había tenido tiempo de pensar en lo que le diría; pues se supone, aunque nada de ello indique historia, que la buena Hada le había procurado el placer de agradables sueños durante los cien años que estuvo dormida. Cuatro horas hablaron y no se dijeron la mitad de las cosas que querían decirse.

El encantamiento del palacio cesó al mismo tiempo que el de la princesa, y cada cual pensó en cumplir con sus deberes; pero como no todos estaban enamorados, su primera sensación fue la del hambre, que sensiblemente les aguijoneaba. La dama de honor, hambrienta como las demás, se impacientó y dijo a la princesa que la comida estaba servida. El príncipe la ayudó a levantarse. Estaba vestida con mucha magnificencia, pero guardose de decirla que su traza y tocado se parecían a los de su abuela y que la moda del cuello que llevaba había pasado hacia mucho tiempo; pero su vestido y adornos en nada disminuían su belleza.

Pasaron a un salón con espejos y en él cenaron servidos por los gentiles hombres de la princesa. Los músicos tocaron con los violines y los oboes antiguas piezas, pero muy bonitas, por más que hiciera cien años que nadie las tocaba y después de haber cenado, casoles sin pérdida de tiempo el gran limosnero en la capilla del castillo.

Al día siguiente el príncipe volvió a la ciudad en donde su padre debía estar con cuidado por su ausencia. Le dijo que cazando se había perdido en el bosque y había pasado la noche en la choza de un carbonero que le había dado pan negro y queso para cenar. El rey su padre, que era muy bonachón, le creyó, pero no del todo su madre al ver que casi todos los días iba a cazar y que siempre tenía una excusa a mano cuando pasaba fuera dos o tres noches, y supuso que se trataba de amores. El príncipe vivió con la princesa más de dos años y tuvo de ella dos hijos; una niña llamada Aurora, y el segundo un niño, al que pusieron por nombre Día, pues aun parecía más hermoso que su hermana.

La reina hizo varias tentativas para que su hijo le revelara su secreto, pero el príncipe no se atrevió a confiárselo, porque si bien la amaba, la temía por proceder de raza de ogros, a pesar de lo cual el rey había casado con ella porque su fortuna era grande. Además, se murmuraba en la corte, pero en voz muy baja, que tenía las inclinaciones de los ogros y que, al ver pasar los niños, con mucha dificultad lograba contener el deseo de devorarlos. A esto se debió que el príncipe nada le dijera.

Pero al cabo de dos años murió el rey, y al subir su hijo al trono, declaró públicamente su matrimonio y fue con gran ceremonia a buscar a la reina su esposa a su castillo. La recepción que le hicieron en la ciudad, que era la capital, cuando se presentó en medio de sus dos hijos, fue magnífica.

Algún tiempo después el príncipe fue a guerrear contra su vecino, el emperador Cantagallos. Confió la regencia a la reina madre y le recomendó mucho a su mujer y a sus hijos. Debía guerrear todo el verano; y en cuanto estuvo fuera, la reina madre envió su nuera y sus nietos a una casa de campo que había en el bosque para poder satisfacer con mayor libertad sus horribles apetitos. Algunos días después fue a la casa de campo y por la noche dijo a su mayordomo:

-Mañana quiero comerme a Aurora.

-¡Ah! señora…, exclamó el mayordomo.

-Lo quiero,- contestó la reina con tono de ogra que desea devorar carne fresca,- y quiero comerla en salsa picante.

El pobre hombre comprendió que no había que andarse con bromas con la ogra; tomó un enorme cuchillo y subió al cuarto de la pequeña Aurora. Tenía entonces cuatro años, y al verle corrió hacia él saltando y riendo, le abrazó y le pidió un caramelo. El mayordomo se puso a llorar, se le escapó el cuchillo y bajó al corral, degolló un cordero y lo aderezó con una salsa tan rica que la reina le dijo que nunca había comido cosa mejor. Al mismo tiempo el mayordomo llevó la pequeña Aurora a su mujer para ocultarla en su casa, que estaba situada a un extremo del corral.

Ocho días después aquella mala reina dijo a su mayordomo:

-Para cenar quiero comerme a mi nieto Día.

El mayordomo no replicó porque ya tenía formado el propósito de engañarla como la otra vez. Fue en busca del niño y hallole con un diminuto florete en la mano ensayándose en la esgrima con un mono, a pesar de que sólo tenía tres años. Llevole a su mujer, que le ocultó junto con Aurora, y el mayordomo sirvió a la reina madre un cabritillo muy tierno, que halló sabrosísimo.

Hasta entonces todo había marchado perfectamente pero una tarde aquella perversa ogra dijo al mayordomo:

-Quiero comerme a la reina aderezada en salsa picante, lo mismo que sus hijos.

El buen hombre quedó aplastado no sabiendo como engañarla. La joven reina tenía veinte años, sin contar los cien que había pasado durmiendo; el pobre funcionario desconfiaba de hallar en el corral una res cuyas carnes fueran semejantes a las de una princesa de tan extraña edad. El mayordomo, para salvar su vida, tomo la resolución de degollar a la reina y subió a su cuarto con la intención de realizar su propósito. Mientras subía se excitaba a la ira y entro puñal en mano. No quiso cogerla de sorpresa, y con mucho respeto le dijo cuál era la orden que le había dado la reina madre.

-Cumple tu deber, contesto ella tendiéndole el cuello; ejecuta la orden que te han dado y volveré a ver mis hijos, a mis pobres hijos, a quienes amaba tanto.

Desde que se los habían quitado sin decirle nada, la reina les creía muertos.

-¡No, no, señora!, exclamó el pobre mayordomo muy conmovido; no moriréis, pero no por eso dejaréis de ver a vuestros hijos, pues los veréis en mi casa en donde les he ocultado; y de nuevo engañaré a la reina sirviéndola una corza en vuestro lugar.

Llevola en el acto a su habitación y dejola que abrazara a sus hijos y confundiera sus lágrimas con las suyas, mientras él se fue a guisar la corza, que la ogra se comió a la cena con el mismo apetito que si hubiese sido la reina. Estaba muy satisfecha de su crueldad y se disponía a decir al rey, cuando regresara, que los lobos hambrientos se habían comido a su mujer y sus hijos.

Cierta noche que, según costumbre, rondaba por los patios y corrales del castillo por si olfateaba carne fresca, oyó que su nieto lloraba porque su madre quería pegarle por haber hecho una maldad, y también oyó la vocecita de Aurora, que pedía perdón para su hermano. La ogra reconoció la voz de la reina y de sus dos hijos, y llena de ira por haber sido engañada, ordenó al amanecer del día siguiente, con acento tan espantoso que todo el mundo temblaba, que pusieran en medio del patio un enorme tonel que hizo llenar de sapos, víboras, culebras y serpientes para arrojar en él a la reina, sus hijos y al mayordomo, su mujer y su criada, mandando que los trajeran con las manos atadas a la espalda.

En el patio estaban los infelices, y los verdugos se disponían a echarlos en el tonel, cuando el rey, a quien no se esperaba tan pronto, entró de repente a caballo. Había corrido mucho y preguntó muy admirado qué significaba aquel horrible espectáculo. Nadie se atrevía a contestarle, cuando la ogra, furiosa al ver lo que pasaba se arrojó la primera de cabeza al tonel y en un instante fue devorada por los asquerosos reptiles que había mandado echar dentro. El rey no dejó de sentir disgusto, pues era su madre, pero pronto se consoló con su hermosa mujer y sus hijos.

lunes, 10 de julio de 2017

A veces me pongo a pensar...

A veces me pongo a pensar... Si habrás encontrado a alguien que se parezca a mi o si seguirás buscando lo que encontraste cuando me conociste...
Si echarás de menos nuestras noches de desvelos y nuestros secretos a escondidas o si ahora será otra la que pase contigo tus noches de insomnio y escuche tus penas y agonías.
Pero sobre todo pienso en si te habrás arrepentido de haberme dejado marchar, de tratarme como a otra de las que te hirieron y nada más, de dejarme tirada hasta que me cansé y ya no aguanté más...
Si, a veces me pongo a pensar... Y ojalá que tú también hayas pensado en mí muchas veces más, mientras dejaste el tiempo pasar.

Abrahel