sábado, 28 de julio de 2018

Las huellas del diablo de Devonshire

Una extrañas huellas aparecieron en el condado inglés de Devonshire en 1855. Las formas que quedaron marcadas en la nieve en una zona de 150 kilómetros coincidían asombrosamente con las representaciones que se hacían en aquel entonces del diablo. Durante varios días, los rumores, las teorías más insólitas y el pánico se convirtieron en protagonistas en toda Inglaterra.





Febrero de 1855. Un misterioso ser camina pesaroso, taciturno, por el bosque situado en el pueblo inglés de Woodbury. Sus movimientos suscitan un efecto sombrío, turbador. Va solo. Sus errantes pasos parecen no pertenecer a un humano, no al menos a una persona que da una vulgar caminata. Ya es de por sí extraño hacerlo en una fría jornada de invierno en las afueras de una localidad situada en el condado de Devonshire, al sudeste de Inglaterra. Pero si pudiésemos acercarnos, si consiguiéramos contemplar aunque fuese de lejos las formas de este extraño ser, probablemente acabaríamos por convencernos de que no nos encontramos ante un humano.

Sus prendas se alejan de las utilizadas por los hombres de la segunda mitad del siglo XIX. Nada de traje. Estrafalarios harapos visten una figura que cuanto más se observa más grotesca resulta. Mientras, sus pasos son escoltados por unos ruidos grotescos. Gritos que tratan de imitar aullidos de animales salvajes y gruñidos que quieren emular los cantos de los pájaros manan de sus entrañas.

De repente, algo quiebra la tranquilidad que se vive en el bosque, una serenidad que sólo turbaban mínimamente los sonidos de los animales, y de aquel extraño personaje. “¡Eh, mirad allí!”, grita una voz. Una turba de hombres surge de la nada y corre hacia la estrafalaria figura, que en principio permanece inmóvil, mirando con sorpresa al violento grupo que, armado con palos y estacas, se acerca apresuradamente hacia él. Reacciona. Trata de escapar, pero es alcanzado. “¡Miradlo! ¡Es él!”, vocifera otro individuo. “Es el monstruo de Devonshire”.

Los hombres, enervados, se disponen a golpearlo, pero un grito los detiene. “¡Paren!. No ataquen a Daniel Plumer”. El buen samaritano es Squire Bartholomew, el juez de paz del pueblo. Cuando el grupo se tranquiliza, les explica que aquél a quien iban a apalear no es peligroso, no es el temible monstruo al que buscan. Ni mucho menos. Se trata de Daniel Plumer, persona bien conocida en Woodbury. Es un enfermo mental. Por ello viste de ese modo y emite aquellos gruñidos. Gusta de deambular por el bosque y los lugareños lo alimentan cuando aparece mendigando por sus casas. Es completamente inofensivo.

¿Pero qué había llevado a aquellos hombres a exaltar su ánimo hasta el punto de casi asesinar a un pobre hombre inocente? ¿Qué es eso de lo que hablan?, ¿a quién persiguen? ¿Quién es el monstruo de Devonshire? Para entenderlo debemos remontarnos a unos días atrás, en el mismo mes de febrero.

El diablo deja sus huellas


Concretamente a la noche del 7 de febrero de 1855, y en el sur de aquel condado. Nevaba. Nevaba mucho aquella noche. Apenas había amanecido y una capa blanquísima cubría el campo por completo. A esas horas salía de su casa, en Topsham, Henry Pilke. Trabajaba como panadero. Solía ser el primero en despertarse en el pueblo para acudir a los hornos y empezar a fabricar el pan. Más allá de la nieve, nada parecía distinto a lo que cada mañana experimentaba Pilke en su camino al trabajo. Sin embargo, al poco de salir se encontró con algo que no esperaba: una huellas extrañas, en forma de U, sobre la nieve. Ya de por sí resultaba chocante que algún animal anduviese por el campo en una noche como la del 7 de febrero, cuando su instinto habría tratado de buscar refugio ante el frío extremo y la tremenda nevada que estaba cayendo. A tenor del tamaño –unos 10 centímetros de longitud por 7 de ancho– podrían corresponder a las de un pequeño asno o un poni. Pero había dos aspectos que hacían de ellas algo tremendamente insólito. Por un lado, lo profundamente impresas que habían quedado en la nieve. Habría sido necesario pisar con una fuerza descomunal o que los animales tuvieran un peso mucho mayor que el que poseen aquellos cuyas garras podrían coincidir con las huellas. Por otro lado, y mucho más sorprendente, estaba la disposición de las huellas. Pilke nunca había visto algo parecido. Las huellas estaban alineadas en una sola fila, es decir una tras otra y, siempre, a una distancia de unos veinte centímetros. Es decir, el animal debería haber transitado con una sola pata y a saltos constantes.

"Es un enfermo mental. Por ello viste de ese modo y emite aquellos gruñidos. Gusta de deambular por el bosque y los lugareños lo alimentan cuando aparece mendigando por sus casas".

Rápidamente los lugareños contemplaron lo mismo que horas antes tanto había sorprendido a su vecino. La fascinación por aquellas huellas no tardó en crecer y el miedo por aquella criatura se extendió entre los habitantes. Grupos de vecinos comenzaron a asociarse con objeto, primero, de seguir las huellas, de explorar hacia donde se encaminó esa misteriosa fiera. Pero no iba a ser tan fácil. Fue el director de la escuela local de Topsham quien organizó en un principio la búsqueda. Pronto entendió que los grupos debían dividirse si querían lograr resultados positivos. Las huellas se extendían más allá de lo que físicamente parecía posible para cualquier animal durante una noche. Pese a que el grupo se diseminó por zonas lo suficientemente alejadas entre sí, en todas se encontraron huellas, huellas extremadamente profundas, como si la pezuña de la alimaña estuviera tratando de agarrarse a la tierra, como si tratase de penetrar en el abismo con cada una de sus pisadas. Pero había algo más. Como era lógico, multitud de cercas, numerosos obstáculos obstruían el camino, impedían el paso. Sin embargo, ese diabólico ser no entendía de frenos. Vallas, muros de hasta cuatro metros, eran salvados por quien quiera que dejase aquella huella, al parecer sin la menor dificultad. ¿Qué era aquello?, ¿cómo podía recorrer aquellas distancias extraordinarias aparentemente a saltos y con una sola pata?, ¿qué terrible ser estaba amenazando la tranquilidad del condado? El miedo se iba convirtiendo en pavor entre los habitantes del condado. Había huellas en multitud de pueblos de la comarca. No menos de 150 kilómetros se vieron invadidos por ellas.

Persiguiendo a Belzebú


Algunos de los vecinos siguieron las huellas por su cuenta. La descripción de lo que vieron era espeluznante. Así lo evidenciaban Lionel y Patricia Fanthorpe: “El doctor Benson las siguió desde Mamhead. Atravesando campos y prados, llegó a un almiar de seis metros de altura. Lo rodeó con cuidado y observó asombrado que las marcas continuaban por el otro lado, como si el citado almiar no estuviera allí. Todo parecía indicar que, de forma inexplicable, la cosa había volado sobre el almiar, o quizá lo hubiera atravesado como si de un fantasma se tratara”. Algo semejante relatan que les pasó a dos cazadores del mismo distrito: “Siguieron el rastro durante varias horas a través de un poblado de bosque repleto de arbustos espinosos. Las pisadas se interrumpían súbitamente, como si la criatura se hubiera elevado sobre el suelo, y volvían a aparecer de nuevo sobre los tejados cubiertos de nieve de algunas casas cercanas. Al examinar la nieve que se extendía sobre los jardines de las viviendas, comprobaron que las marcas se dirigían directamente hacia el pueblo de Mamhead”.

Lo que al principio eran para los habitantes del condado las huellas de un animal con un comportamiento extraño, al poco tiempo se transformaron en su imaginación en las de un espantoso monstruo. No tardó en convencerse la mayoría de ellos de que era el mismo diablo quien había visitado sus localidades. Y este convencimiento pareció verse refrendado por un nuevo suceso inaudito. La tremenda nevada que cayó en el condado fue aminorando con el paso de los días. Un sutil sol visitó a los asustados lugareños. La nieve se fue derritiendo, desapareciendo lentamente. Las huellas no. Las huellas se escaparon de la nieve y permanecieron. Pero transformadas. Porque esa forma de U que había quedado incrustada en la nieve se convirtió en una especie de pezuña hendida. La misma huella, que según las representaciones de la época, dejaría la pezuña del diablo.

"Ese diabólico ser no entendía de frenos. Vallas, muros de hasta cuatro metros, eran salvados por quien quiera que dejase aquella huella, al parecer sin la menor dificultad".

Una noticia así no podía pasar desapercibida para los medios de comunicación, que hicieron de éste uno de sus temas estrellas. Lo tenía todo, empezando por el misterio, sus connotaciones si no sobrenaturales, sí al menos extraordinarios, y, sobre todo, el efecto que provocaba en la gente, el miedo que suscitaba en una sociedad que, en pleno siglo XIX, gustaba de las historias con elementos fantásticos y vivía un resurgir de los elementos supersticiosos. El impactante suceso llenó páginas de importantes periódicos de Inglaterra. The Times, The Inverness Courier o The Ilustred London News, fueron algunos de los medios que inquietaron con su relato a los habitantes de una Inglaterra ávida de emociones. No podemos olvidar que el suceso se desarrolla en plena época victoriana.

El conocimiento masivo del hecho dio pábulo a todo tipo de especulaciones. Algunos aseguraban poder demostrar qué tipo de animal o de ser había dejado esas huellas. Otros salieron a los campos en busca de aventura, en busca de aquella alimaña de una sola pata que volaba, saltaba o traspasaba paredes. Algunos se mostraban convencidos de que se trataba de una macabra broma de algún grupo de jóvenes aburridos. Otros, seguros de que el diablo había bajado a la Tierra, rezaban piadosamente, llevaban siempre consigo sus crucifijos, acudían con fervor a la iglesia en busca del perdón. Muchos se encerraron en sus casas. No eran capaces de comprender lo que pasaba. Esperaban. Tenían miedo.

Diferentes teorías


La discusión entre quienes apostaban por una explicación alejada de cualquier realidad oscura tuvo mucha intensidad. El catálogo de animales u objetos que se puso sobre la mesa fue exorbitante. Algunos de los más prestigiosos biólogos de entonces entraron de lleno en la discusión. Especialmente significativa por la ralea intelectual de su personalidad fue la del paleontólogo británico Richard Owen. Sin embargo, su aportación no convenció a casi nadie. Aseguraba que aquellas huellas habían sido dejadas por un grupo de tejones. Rápidamente se alzaron voces críticas a dicha teoría. Nadie pensaba que un grupo de tejones pudiese haber recorrido 150 kilómetros en una sola noche. Nada entendía que hubiesen podido superar altos muros y cruzar algunos de los anchos ríos que existen en la zona. Otros apostaron por un asno. Pero, ¿qué hacía un asno cojo, saltarín, subiéndose a los tejados de algunas casas, dejando en ellos su huella? Un reverendo negaba la posibilidad de que el demonio hubiese hecho acto de presencia en el condado aquella noche de nieve. En su opinión la hipótesis de que fuese un canguro el que hubiese realizado el paseo más largo de su vida la noche del 7 de febrero de 1855 era la más cercana a la realidad. La gente estaba desconcertada. Las teorías eran cada vez más inverosímiles. Lionel y Patricia Fanthorpe recordaban en su artículo una de las conjeturas más fabulosas: “Otra interesante hipótesis propuso que una aeronave o globo con la cadena de anclaje rota hubiera sido llevado por las corrientes de viento a través de Devon; parecía posible que sus eslabones hubieran rebotado sobre el terreno nevado dejando en la nieve unas marcas similares a las producidas por una herradura”. Per esa hipótesis estaba llena de contradicciones. “Pero la regularidad y consistencia de las huellas hace que esta teoría sea insostenible. Zarandeada por ráfagas de viento, la aeronave habría perdido y ganado altura, y la supuesta cadena se habría arrastrado por la superficie, dejando un rastro continuo, y uno una serie de marcas individuales. No hay constancia de que en aquellas fechas se perdiera ninguna nave de ese tipo”. Sapos, ranas, liebres y conejos también tuvieron su grado de protagonismo entre aquellas teorías.

"La discusión entre quienes apostaban por una explicación alejada de cualquier realidad oscura tuvo mucha intensidad. El catálogo de animales u objetos que se puso sobre la mesa fue exorbitante".

Mientras, el pueblo tenía miedo. La figura mítica del diablo estaba muy presente en el siglo XIX. Las leyendas se convierten en realidad a los ojos de la gente. Lo desconocido fascina al miedo. Y la descripción de las formas de las huellas, sus aspectos sobrenaturales se amoldaban a las representaciones míticas del diablo. Además, pronto comenzaron a aparecer noticias de nuevas huellas, igual de extrañas en otras partes de Europa. Los medios recogieron que años antes surgieron pisadas similares en una cordillera de Galicia. También habían aparecido en tierras de Escocia, concretamente en Glenorchy. Algunos periodistas recordaron una historia que señalaba que un explorador había hallado huellas similares en unas islas del océano Índico, las Kerguelen, en una espacio natural que carece de animales con cascos en sus patas. Todos los lugares coincidían en ser espacios en los que no existía gran densidad de población, dominados por la naturaleza. Aquellos en los que Belzebú podría sentirse más cómodo y deambular a sus anchas.

Nadie consiguió dar una respuesta al enigma de Devonshire. Con el paso del tiempo las huellas desaparecieron. Los habitantes del condado olvidaron paulatinamente lo ocurrido. El vigor de la rutina derrotó al miedo. Pero desde entonces el nombre de Devonshire quedó unido a Satanás. No es para menos. Quizás una gélida noche del mes de noviembre de 1855, el demonio visitó Devonshire y allí habría dejado firma: sus huellas selladas sobre la nieve.

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